Viernes 2 de enero

Meditación

Invocar al salvador

I. En la vida corriente, el llamar a una persona por su nombre indica familiaridad. “Y cuando nos enamoramos, hay un nombre propio en el mundo que arroja un hechizo sobre nuestros ojos y oídos, cuando lo vemos escrito en la página de un libro o cuando lo oímos en una conversación; su simple encuentro nos estremece. Este sentido de amor personal fue el que personas como San Bernardo dieron al nombre de Jesús” (R. Knox, Tiempos y fiestas del año litúrgico). ¿Cómo no vamos a llamar a nuestro mejor amigo por su nombre? Él se llama Jesús; así lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2, 21). Con el nombre queda señalada su misión: Jesús significa Salvador. Con Él nos llega la salvación, la seguridad y la verdadera paz. ¡Con cuánto respeto y con cuánta confianza hemos de repetirlo! También, y de modo especial, cuando nos dirigimos a Él en nuestra oración personal, como ahora: “Jesús, necesito…”, “Jesús, yo querría…”.

II. Terminada la circuncisión de Jesús, sus padres, María y José, repetirán por vez primera el nombre de Jesús, llenos de una inmensa piedad y cariño. Así hemos de hacer nosotros con frecuencia: en verdad os digo que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá (Jn 16, 23). En Jesús encuentran los hombres aquello que más necesitan y de lo que están sedientos: salvación, paz, alegría, perdón de sus pecados, libertad, comprensión, amistad. Invocando el Santísimo Nombre de Jesús desaparecerán muchos obstáculos y sanaremos de tantas enfermedades del alma, que a menudo nos aquejan. Las jaculatorias harán más vivo el fuego de nuestro amor al Señor y aumentarán nuestra presencia de Dios a lo largo del día. ¡Señor, Jesús, en ti confío!

III. Junto al nombre de Jesús hemos de tener en nuestros labios los de María y de José: los nombres que más veces debió pronunciar el mismo Señor. En nuestro caminar hacia Dios vendrán tormentas, que el Señor permite para purificar nuestra intención y para que crezcamos en las virtudes; y es posible que, por fijarnos en los obstáculos, asome la desesperanza o el cansancio en la lucha. Es el momento de recurrir a María, invocando su nombre. Y junto a Jesús y María, José. “Si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen María, ya que por medio de Ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José una especial gratitud y reverencia” (S. Bernardino de Siena, Sermón). ¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía! ¡Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía! No nos olvidemos diariamente de acudir a esta trinidad de la tierra.

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