Meditación
El camino de las bienaventuranzas
I. Una inmensa multitud rodea al Señor esperando de Él la doctrina salvadora, que dará sentido a su vida. Las palabras de Cristo debieron causar desconcierto y hasta decepción pues constituían un cambio completo de las usuales valoraciones humanas. “Jesús les propone un camino distinto. Exalta y beatifica la pobreza, la dulzura, la misericordia, la pureza y la humildad” (Fray Justo Pérez, Vida de Cristo). Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran… El conjunto de todas las Bienaventuranzas señalan el mismo ideal: la santidad. Cualesquiera que sean las circunstancias que atraviese nuestra vida, hemos de sabernos invitados a vivir la plenitud de la vida cristiana. No podemos decirle al Señor que espere hasta resolver nuestros problemas para comenzar de verdad a buscar la santidad. Sería un triste engaño no aprovechar esas circunstancias duras para unirnos más al Señor.
II. Las Bienaventuranzas nos enseñan que el verdadero éxito de nuestra vida está en amar y cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros, aunque no le desagrada que pongamos los medios oportunos para evitar el dolor, la pobreza, la enfermedad o la injusticia. Bienaventurado significa dichoso, feliz. En todos los hombres existe una tendencia irresistible a ser felices, aunque muchas veces buscan la felicidad donde sólo hay miseria. El Señor nos señala los caminos para ser felices sin límites y sin fin en la vida eterna, y también para serlo en esta vida. Las Bienaventuranzas manifiestan una misma actitud del alma: el abandono en Dios. Ésta es una actitud que nos impulsa a confiar en Dios de un modo absoluto e incondicional, a no contentarnos con los bienes y consuelos de este mundo, y a poner nuestra última esperanza más allá de estos bienes, que resultan pobres y pequeños para una capacidad tan grande como es la del corazón humano.
III. El Señor quiere que estemos alegres. Pidámosle que transforme nuestra alma, que realice un cambio radical en nuestros criterios sobre la felicidad y la desgracia. Seremos necesariamente felices si estamos abiertos a los caminos de Dios en nuestra vida. Sabemos por experiencia que, muchas veces los bienes terrenos se convierten en males y en desgracia cuando no están ordenados según el querer de Dios. Sin el Señor, el corazón se sentirá siempre insatisfecho y desgraciado. Hoy es un buen día para reflexionar si cuando nos falta la alegría es porque no buscamos al Señor en nuestras acciones, y en quienes nos rodean. Pidámosle a la Virgen, causa de nuestra alegría, que siempre la busquemos junto a su Hijo.
