Jueves 23 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

El amor de Cristo a los cristianos es reflejo del amor que las tres divinas Personas tienen entre Sí y hacia los hombres: «Amemos a Dios porque Él nos amó primero» (1 Jn 4,19). La seguridad de que Dios nos ama es la raíz de la alegría y gozo cristianos, pero al mismo tiempo exige nuestra correspondencia fiel, que debe traducirse en un deseo ferviente de cumplir la Voluntad de Dios en todo, es decir, sus mandamientos, a imitación de Jesucristo que cumplió la Voluntad del Padre.

Meditación

Ofrecer las obras del día

I. Para ordenar nuestra vida, el Señor nos ha dado los días y las noches. ‘El día habla al día y la noche comunica sus pensamientos a la noche’ (Sal 18, 3). Cada día comienza, en cierto modo, con un nacimiento y acaba con una muerte; cada día es como una vida en miniatura. Al final, nuestro paso por el mundo habrá ha sido santo y agradable a Dios si hemos procurado que cada jornada le fuera grata, desde que despunta el sol hasta su ocaso. También la noche, porque del mismo modo la hemos ofrecido al Señor. El hoy es lo único que tenemos para santificar: el día de ayer ha desaparecido para siempre, el mañana está aún en manos del Señor. El ofrecimiento de obras nos dispone desde el primer momento para escuchar y atender las innumerables inspiraciones y mociones del Espíritu Santo: ¡Te serviré, Señor!

II. Muchos buenos cristianos tienen la costumbre de dirigir su primer pensamiento a Dios. Y enseguida el “minuto heroico”, levantarse. No hay porque adaptarse a una fórmula concreta, pero es conveniente tener un modo habitual de hacer esta práctica de piedad. Es muy conocida esta oración a la Virgen: ¡Oh Señora y Madre mía! Yo me ofrezco del todo a Vos, y en prueba de mi filial afecto os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, ¡oh Madre de bondad!, guardadme y defenderme como cosa y posesión vuestra. Amén.

III. En la Santa Misa encontramos el momento más oportuno para renovar el ofrecimiento de nuestra vida y de las obras del día. En la patena ponemos la memoria, la inteligencia, la voluntad… Además, familia, trabajo, alegrías, amores, ilusiones, dolor, preocupaciones. Y en el momento de la Consagración se lo entregamos definitivamente a Dios. Vivamos cada día como si fuera el único para ofrecer a Dios. Y un día será el último y también se lo habremos ofrecido a Dios nuestro Padre, y oiremos a Jesús que nos dice como al buen ladrón: ‘En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso’ (Lc 23, 43).