Domingo 2 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

San Lucas, que narrará con más detalle al comienzo del libro de los Hechos la Ascensión del Señor a los cielos, resume aquí este misterio con el que termina la presencia visible de Jesús en la tierra. No era conveniente, explica santo Tomás, que Cristo permaneciese en la tierra después de la Resurrección, si no que convenía que subiese al Cielo. Aunque su cuerpo resucitado ya tenía la gloria esencial, la Ascensión al Cielo le confiere un aumento de la gloria de que gozaba, por la dignidad del lugar al que ascendía (cfr Suma Teológica, III, q. 57, a. 1).

Meditación

Jesús nos espera en el cielo

I. Los discípulos al ver al Resucitado, ‘le adoraron’ (Mt 18, 17). Son profundamente conscientes, de lo que ya, mucho tiempo antes, tenían en el corazón y habían confesado: que su Maestro es el Mesías. Jesús confirma la fe de los que le adoran, y les enseña que el poder que van a recibir deriva del propio poder divino… es el poder del mismo Cristo que se prolonga en la Iglesia. Ésta es la misión de la Iglesia: continuar por siempre la obra de Cristo, enseñar a los hombres las verdades acerca de Dios y las exigencias que llevan consigo esas verdades, ayudarles con la gracia de los sacramentos… Les dice Jesús: ‘recibiréis al Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra. Y después de decir esto, mientras miraban, se elevó, y una nube los ocultó a sus ojos’ (Hch 1, 7). La Ascensión del Señor a los cielos es un misterio redentor, que constituye, con la Pasión, la Muerte y la Resurrección, el misterio pascual.

II. La Ascensión fortalece y alienta nuestra esperanza de alcanzar el Cielo y nos impulsa constantemente a levantar el corazón con el fin de buscar las cosas de arriba. Ahora nuestra esperanza es muy grande, pues el mismo Cristo ha ido a prepararnos una morada (Jn 14, 2). El Señor se encuentra en el Cielo con su Cuerpo glorificado, con las huellas de la Pasión que pudo contemplar Tomás. La Humanidad Santísima del Señor tiene ya en el Cielo su lugar natural, pero Él, que dio su vida por cada uno, nos espera allí. «‘Vivimos ya como ciudadanos del cielo’ (Flp 3, 20), siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también de la alegría y serenidad que da el saberse hijos de Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 126).

III. ‘El Señor en un alarde de amor se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa’ (S. Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa, 117). Los ángeles dicen a los Apóstoles que es hora de comenzar la inmensa tarea que les espera, que no se debe perder un instante. Con la Ascensión termina la misión terrena de Cristo y comienza la de sus discípulos, la nuestra. El Señor quiere que cada uno en su lugar continúe la tarea de santificar al mundo, para mejorarlo y ponerlo a sus pies: las almas, las instituciones, las familias, la vida pública. Los que se relacionan con nosotros nos han de ver leales, sinceros, alegres, trabajadores, cumpliendo con rectitud nuestros deberes y actuando como hijos de Dios. Los Apóstoles marcharon a Jerusalén en compañía de Santa María. Junto a Ella esperan la llegada del Espíritu Santo. Nosotros nos preparamos para la fiesta de Pentecostés muy cerca de Nuestra Señora.