Sábado 15 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

La Ley de Moisés prohibía taxativamente el perjurio o violación del juramento (Ex 20,7; Nm 30,3; Dt 23,22). En tiempos de Cristo, la práctica del juramento había caído en un abuso hasta ridículo por su frecuencia y por la casuística en torno a él. Según numerosos documentos rabínicos de la época, se juraba por los motivos más intrascendentes. Junto al abuso del juramento, había surgido otro, no menos ridículo, para legitimar su incumplimiento. Todo ello constituía una falta de respeto al nombre de Dios. No obstante, por la misma Sagrada Escritura sabemos que el juramento es lícito y bueno en algunas ocasiones: «si juras por la vida de Yahwéh con verdad, con derecho y con justicia, serán en ti bendecidos los pueblos y en ti se gloriarán» (Jr 4,2).

Meditación

El valor de la palabra dada

I. Jurar, es decir, poner a Dios por testigo de algo que se asegura o se promete, es lícito, y en ocasiones necesario, cuando se hace con las debidas condiciones y circunstancias: es entonces un acto de la virtud de la religión y redunda en honor del nombre de Dios. Debe ser realizado en verdad, en juicio y en justicia (Jr, 4, 2). Sin embargo, el Señor en el Evangelio, quiere devolver y realzar su valor y fuerza a la palabra del hombre y nos dice: ‘A vosotros os debe bastar decir sí o no’ (Mt 5, 33-37). En las situaciones normales de la vida corriente, bastará nuestra palabra de cristianos y hombres honrados porque nos han de conocer como personas que buscan en toda la verdad y que dan un gran valor a la palabra empeñada, en lo que se fundamenta toda lealtad y fidelidad: a Cristo, a nuestros compromisos libremente contraídos, a la familia, a los amigos, a la empresa en la que trabajamos.

II. En un momento como éste, en que muchos utilizan la mentira y el engaño como una herramienta para escalar puestos, para alcanzar un mayor bienestar material o evitarse compromisos y sacrificios, o simplemente por falta de virtudes humanas, los cristianos debemos ser testigos vivos de Cristo, dispuestos a construir nuestra vida, nuestra hacienda, nuestra profesión, sobre un gran amor a la verdad. Además, ser veraces es un deber de justicia y de caridad. Este amor a la verdad nos llevará a mantener otras exigencias morales, como la reserva o el secreto profesional y el derecho a la intimidad.

III. Al dar nuestra palabra, en cierto modo nos damos nosotros mismos, nos comprometemos en lo más íntimo de nuestro ser. Un verdadero discípulo de Cristo, a pesar de sus errores y defectos, ha de ser leal, honesto, un hombre de palabra; alguien que es fiel a su palabra. En la Iglesia los cristianos nos llamamos fieles para expresar la condición de miembros del Pueblo de Dios adquirida en el Bautismo. En la Sagrada Escritura el calificativo ‘fiel’ es atribuido a Dios mismo, porque nadie como Él es digno de confianza, siempre es fiel a sus promesas, no nos falla jamás. La mayor alabanza que nos pueden hacer es que somos fieles a Cristo, que Jesucristo puede contar con nosotros, que nuestra familia y nuestros amigos sepan que no les fallaremos, y que la sociedad a la que pertenecemos se pueda apoyar, como cimiento firme, en nuestra palabra empeñada de modo libre y responsable. A vosotros os debe bastar decir sí o no. Pidamos a María Santísima, ‘Virgo fidelis’, Virgen fiel, que nos ayude a ser leales y fieles en nuestra conducta diaria, en el cumplimiento de nuestros deberes y compromisos.