Miércoles 19 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Partiendo de la práctica tradicional del ayuno, el Señor nos inculca el espíritu con que hemos de vivir la necesaria mortificación de los sentidos: hemos de hacerla sin ostentación, evitando el aplauso de los hombres, discretamente; así no podrán aplicarse contra nosotros esas palabras de Jesús: «ya recibieron su recompensa», pues sería un triste negocio. «El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 185).

Meditación

La oración mental

I. El Evangelio nos refiere muchas veces que el Señor se retiraba a orar. Y este mismo ejemplo los siguieron los Apóstoles y los primeros cristianos, y después todos aquellos que han querido seguir de cerca al Maestro. En la oración estamos con Jesús; eso nos debe bastar. Vamos a entregarnos, a conocerle, a aprender a amar. El modo de hacerla depende de muchas circunstancias; del momento que pasamos, de las alegrías, de las penas… que se convierten en gozo cerca de Cristo. En algunas ocasiones contemplaremos la Santísima Humanidad de Jesús para conocerle y amarlo más, otras, examinaremos si estamos santificando el trabajo, o cómo es el trato con aquellas personas con las que convivimos; quizá convirtiendo en tema personal lo que estás leyendo ahora, o recoger un pequeño propósito para llevarlo a cabo ese día. Pero nunca se está malgastando el tiempo (E. Boylán, El amor supremo). La oración siempre es fructuosa y Jesús agradece siempre con gran generosidad el rato en que Le hemos acompañado.

II. Es de particular importancia ponernos en presencia de Aquel con quien hemos de hablar. Si cuidamos con esmero y con amor estos primeros momentos, si nos situamos de verdad delante de Cristo, la aridez desaparece. Podemos empezar con esta oración: “Señor mío, y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves y que me oyes. ¡Te adoro con profunda reverencia! Te pido perdón de mis pecados, y gracia para hacer este rato de oración. ¡Madre mía Inmaculada! ¡San José, mi Padre y Señor! ¡Ángel de mi guarda! Interceded por mí”. Y ahora que hemos saludado al Señor, le hemos adorado y pedido perdón, hemos pedido la ayuda de la Virgen, de San José y de nuestro Ángel custodio, le hablaremos de todo lo nuestro: alegrías, penas, trabajo, deseos y entusiasmos… ¡De todo! Y junto a Él, incluso cuando no sabemos qué decirle, nos llenamos de paz, recuperamos las fuerzas, y la cruz se torna más liviana porque ya no es nuestra: Cristo nos ayuda a llevarla.

III. Junto a Cristo en el Sagrario, o allí donde nos encontremos haciendo el rato de oración mental, perseveraremos con amor, cuando estemos gozosos y cuando nos resulte difícil y nos parezca que aprovechamos poco. Nos dará una gran alegría, saber que, por la Comunión de los Santos, estamos unidos a la Iglesia triunfante, purgante y militante, y a todos los cristianos que vendrán. En la oración “estamos a solas con quien sabemos que nos ama” (Santa Teresa, Vida). Después de María, José fue quien más horas pasó con Jesús. Él nos enseñará tratar al Maestro y a sacar propósitos concretos de la oración.