Miércoles 26 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

¿Cómo distinguir a los falsos profetas de los verdaderos? Por los frutos. Las cosas de Dios tienen un sabor especial, hecho de rectitud natural y de inspiración divina. El que verdaderamente habla las cosas de Dios siembra fe, esperanza, caridad, paz, comprensión; por el contrario, el falso profeta en la Iglesia de Dios es el que con su predicación y su conducta o actuación siembra división, odio, resentimiento, orgullo, sensualidad (cfr Ga 5,16-25). Pero el fruto más característico del falso profeta es apartar al pueblo de Dios del Magisterio de la Iglesia, a través del cual resuena en el mundo la doctrina de Cristo. El fin de esos embaucadores está también señalado por el Señor: la perdición eterna.

Meditación

Por sus frutos los conoceréis

I. El Señor insiste en repetidas ocasiones en el peligro de los falsos profetas, que llevarán a muchos a su ruina espiritual (Mt 24, 11). En el Antiguo Testamento también se hace referencia a estos malos pastores que causan estragos en el pueblo de Dios (Jeremías 23, 9-40). Pronto aparecieron también en el seno de la Iglesia. San Pablo los llama falsos hermanos y falsos apóstoles (Ga 2,4; 2 Co 11, 26; 1 Co 11, 13), y advierte a los primeros cristianos que se guarden de ellos. San Pedro los llama falsos doctores (2 P 2, 1). En nuestros días también han proliferado los maestros del error; ha sido abundante la siembra de malas semillas, y han sido causa de desconcierto y de ruina para muchos. El Señor nos señala que tanto los verdaderos como los falsos apóstoles se conocerán por sus frutos; los predicadores de falsas doctrinas y reformas no acarrearán más que la desunión del tronco fecundo de la Iglesia y la turbación y la perdición de las almas.

II. Los árboles sanos dan frutos buenos. Y el árbol está sano cuando corre por él savia buena. La savia del cristiano es la misma vida de Cristo, la santidad personal, que no se puede suplir con ninguna otra cosa. Por eso no debemos separarnos de Él. En el trato con Jesús aprendemos a ser eficaces, a estar alegres, a comprender, a querer de verdad, a ser, en definitiva, buenos cristianos. La vida de unión con Cristo necesariamente trasciende el ámbito individual del cristiano en beneficio de los demás: de ahí brota la fecundidad apostólica, ya que “el apostolado, cualquiera que sea, es una sobreabundancia de vida interior” (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios). Si se descuidara esta honda unión con Dios, nuestra eficacia apostólica se iría reduciendo hasta ser nula, y los frutos se tornarían amargos, indignos de ser presentados al Señor.

III. Así como el hombre que excluye de su vida a Dios se convierte en árbol enfermo con malos frutos, la sociedad que pretende desalojar a Dios de sus costumbres y sus leyes produce males sin cuento y gravísimos daños para los ciudadanos que la integran. El fenómeno del laicismo pretende suplantar la moral basada en principios trascendentes, por ideales y normas de conducta meramente humanos, que acaban siendo infrahumanos. El hombre y la sociedad se deshumanizan cuando no tienen a Dios como Padre amoroso que da leyes para la conservación de la naturaleza humana y para que las personas encuentren su propia dignidad y alcancen el fin para el que fueron creadas. Ante frutos tan amargos, los cristianos debemos se sal y luz allí donde estamos. Por la gracia de Dios y la intercesión de San José, podremos dar abundantes frutos si nuestra vida se mantiene informada por la luz de Cristo.