Jueves 27 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

El pueblo que escuchaba a Jesús percibió con claridad la diferencia radical que había entre el modo de enseñar de los escribas y fariseos, y la seguridad y aplomo con que Jesucristo exponía su doctrina. Las palabras del Señor nunca adolecen de inseguridad, ni presentan duda, ni exponen una mera opinión. Jesús hablaba con dominio absoluto de la verdad y con un conocimiento perfecto del verdadero sentido de la Ley y de los Profetas; es más, no pocas veces hablaba en su propio nombre, y con la autoridad misma de Dios. Todo ello confería una singular fuerza y autoridad a sus palabras, como jamás se había oído en Israel.

Meditación

Frutos de la Misa

I. Los fines que el Salvador dio a su sacrificio en la Cruz y su renovación sacramental en la Misa suelen sintetizarse en cuatro. Los fines que directamente se refieren a Dios, la adoración o alabanza, y la acción de gracias, se producen siempre infalible y plenamente con su infinito valor, aun sin nuestro concurso, aunque no asista ni un solo fiel, o asista distraído. Sin embargo, los otros dos fines del sacrificio eucarístico, propiciación y petición, que revierten a favor de los hombres y que se llaman frutos de la Misa, podrían ser infinitos porque se basan en los méritos de Cristo, pero de hecho nunca los recibimos en tal grado porque se nos aplican según las disposiciones personales. Para recibir los frutos de la Santa Misa, la Iglesia nos invita a unirnos al sacrificio de Cristo en la alabanza, acción de gracias, expiación e impetración de Jesucristo, y a ofrecer todo nuestro ser y quehacer diario, junto con el Cuerpo del Señor en la celebración de la Eucaristía.

II. Para que obtengamos cada vez más fruto de la Santa Misa, nuestra Madre, la Iglesia quiere que asistamos, no como “extraños y mudos espectadores”, sino tratando de comprenderla cada vez mejor, a través de los ritos y oraciones, participando de la acción sagrada de modo consciente, piadosos y activo, con recta disposición de ánimo, poniendo el alma en consonancia con la voz y colaborando con la gracia divina (Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium). Nuestra participación interna, nuestra unión con Jesucristo que se ofrece a Sí mismo, consiste principalmente en actos de fe, de esperanza y amor, y se verá apoyada con los elementos externos que también son parte de la liturgia: las posturas, y la recitación o canto de partes en común. Nuestra preparación comenzará con la debida puntualidad, pues nada existe en el mundo más importante que la Santa Misa.

III. La Santa Misa es lo más grato a Dios que podemos ofrecerle los hombres, por lo tanto hemos de disponer nuestra alma para acercarnos al acontecimiento más sublime. Es la ocasión por excelencia para darle gracias por los muchos beneficios que recibimos, para pedirle perdón por tantos pecados y faltas de amor… y tantas cosas materiales y espirituales que necesitamos, por las personas a las que tratamos. Nuestro apostolado sale fortalecido de la Santa Misa. Los minutos de acción de gracias completarán el momento más importante de nuestra jornada. La Virgen se encontraba presente en el Calvario, y está presente en la Santa Misa, que es una prolongación del Calvario. Procuremos tenerla presente, y Ella nos ayudará a participar en la Santa Misa con mayor piedad y recogimiento.