Sábado 13 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

«A quien me reconozca delante de los hombres…»: Con estas palabras Jesús nos está enseñando que la confesión pública de la fe en Él –con todas sus consecuencias– es condición indispensable para la salvación eterna. Cristo recibirá en el Cielo, tras el Juicio, a los que dieron testimonio de su fe, y condenará a los que cobardemente se avergonzaron de Él. Bajo el nombre de «confesores» la Iglesia honra a los santos que, sin haber sufrido el martirio de sangre, con su vida dieron testimonio de la fe católica. Si bien todo cristiano debe estar dispuesto al martirio, la vocación cristiana ordinaria es la de ser confesores de la fe.

Meditación

Amor a la Verdad

I. Puede ocurrir que en algunas situaciones tengamos que sufrir la calumnia o la difamación –o sencillamente una contrariedad– por ser veraces, por ser fieles a la verdad; en otras, serán quizá mal interpretadas nuestras palabras o nuestras actuaciones. Y el Señor quiere de sus discípulos, de nosotros, que hablemos siempre con claridad, abiertamente: ‘Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído pregonadlo desde los terrados’ (Mt 10, 24-33). Los que seguimos a Cristo hemos de proclamar la verdad a plena luz, sin temor a que Su doctrina sea opuesta a las que están de moda en el ambiente. En la sociedad en la que vivimos habremos de hablar con seguridad, con la firmeza que da siempre la verdad, de muchos temas de gran trascendencia para la familia, la sociedad, la dignidad de la persona: indisolubilidad del matrimonio, libertad de enseñanza, doctrina de la Iglesia sobre la transmisión de la vida humana, dignidad y belleza de la pureza, sentido grandioso de la virginidad y celibato por amor a Cristo, consecuencias de la justicia social con relación a gastos inconsiderados, a salarios injustos…

II. El amor a la verdad nos llevará a ser sinceros, en primer lugar, con nosotros mismos, a mantener una conciencia clara, sin engaños, a no permitir que se empañe con errores admitidos, con ignorancias culpables, con miedos a profundizar en las exigencias personales que la verdad lleva consigo. Si con la ayuda de la gracia somos sinceros con nosotros mismos, lo seremos con Dios, nuestra vida se llenará de claridad, de paz y de fortaleza, y podremos ser sal y luz en medio de las tareas seculares, como el Señor espera de nosotros.

III. En un mundo en donde imperan la mentira y el disimulo, debemos los cristianos ser veraces que huyen de la mentira más pequeña. Se trata de aborrecer la mentira en todas sus formas, de decir la verdad entera; y cuando por prudencia o caridad no se puede, entonces callaremos, pero no inventaremos recursos formalistas que tranquilicen falsamente la conciencia. Muchos enemigos de la Iglesia propalan rumores injuriosos, y otros muchos los creen, juzgando sin indicios suficientes, informando incluso a la opinión pública sobre esa base. Pidamos a nuestra Madre que nuestra conversación sea siempre veraz, propia de un hijo de Dios.