Martes 16 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

Corozaín y Betsaida eran dos ciudades florecientes, situadas en la orilla norte del lago de Genersaret, no lejos de Cafarnaún. Durante su ministerio público Jesús predicó con frecuencia en estas ciudades, y obró muchos milagros; en Cafarnaún enseñó la doctrina de su Cuerpo y Sangre, la Sagrada Eucaristía. Tiro y Sidón, las dos capitales de Fenicia, junto con Sodoma y Gomorra –todas ellas célebres por sus vicios–, eran ejemplos clásicos entre los judíos para designar el castigo de Dios. Con estas alusiones Jesús resalta la ingratitud de las personas que pudieron conocerle, pero no se convirtieron: en el día del Juicio se les pedirá más grave cuenta: «A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá» (Lc 12,48).

Meditación

Dolor de los pecados

I. Jesús pasa continuamente a nuestro lado y derrama su gracia y su misericordia. ¡Tantas veces! Son incontables las veces que el Señor se ha parado a nuestro lado para curarnos, para bendecirnos, para alentarnos al bien. Muchas gracias y un gran amor hemos recibido de parte del Señor. Y espera de nosotros correspondencia, arrepentimiento sincero de nuestras faltas, aborrecer el pecado venial deliberado y todo aquello que nos separa de Él. El Señor nos oye siempre, pero de modo muy particular cuando acudimos con deseos de empezar de nuevo con un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19). ¿Quién es tan ciego para no ver a Cristo que se nos hace el encontradizo una y otra vez?

II. En el lenguaje corriente solemos decir “se me rompió el corazón”, para expresar nuestra reacción ante una gran desgracia que ha conmovido lo más íntimo de nuestro ser: eso quiere decir la palabra contrición, rompimiento. Se nos ha de romper el corazón al contemplar los propios pecados delante de la santidad de Dios y del amor que Él nos tiene. Ese dolor de los pecados o contrición consiste en un pesar y aborrecimiento del pecado cometido, con el propósito de no pecar más. Es el amor, sobre todo, lo que debe llevarnos a pedir perdón muchas veces a Dios, pues son incontables las veces que no hemos correspondido a las gracias que recibimos. La contrición devuelve la esperanza, la paz y la alegría. Jesús pasa junto a nosotros y nos invita a salir a su encuentro, dejando nuestros pecados. No retrasemos esa conversión llena de amor. ‘Nunc coepi’: ahora comienzo, una vez más, con Tu ayuda, Señor.

III. Hemos de pedir al Espíritu Santo el don inefable de la contrición. Hemos de esforzarnos en hacer muchos actos de ese dolor de amor siempre que nos acercamos a la Confesión, a la hora del examen de conciencia y también durante el día. Nos será de gran provecho meditar el Vía Crucis y la Pasión del Señor. El dolor sincero de los pecados no lleva consigo necesariamente un dolor emocional; lo mismo que el amor, el dolor es un acto de la voluntad, no un sentimiento. Se mostrará en obras concretas de penitencia por las veces que no fuimos fieles a la gracia: oraciones, ayunos y limosnas, pequeñas mortificaciones, llevar con paciencia las penas y contrariedades, aceptar las cargas de la propia profesión y la fatiga que el trabajo lleva consigo. “Dirígete a la Virgen, y pídele que te haga el regalo –prueba de su cariño por ti– de la contrición por tus pecados, y por los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, con dolor de Amor” (S. Josemaría Escrivá, Forja).