Viernes 19 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

Jesucristo rebate la acusación de los fariseos con cuatro razones: el ejemplo de David, el de los sacerdotes, el sentido de la misericordia divina y el señorío del propio Jesús sobre el sábado. El primer ejemplo, conocido por el pueblo acostumbrado a escuchar la lectura de la Biblia, está tomado de 1 S 21,2-7: David, huyendo de la persecución del rey Saúl, pide al sacerdote del santuario de Nob alimento para sus hombres; el sacerdote, no teniendo sino los «panes de la proposición», se los dio; eran doce panes que se colocaban cada semana en la mesa de oro del santuario, como homenaje perpetuo de las doce tribus de Israel al Señor (Lv 24,5-9). El segundo ejemplo se refiere al ministerio de los sacerdotes: para realizar el culto divino tenían que hacer en sábado una serie de trabajos, sin desobedecer por ello la ley del descanso (cfr Nm 28,9).

Meditación

La Pascua del Señor

I. La Pascua era la más solemne de las fiestas judías; había sido instituida por Dios para conmemorar la salida del pueblo hebreo de Egipto y para que recordara cada año la liberación de la esclavitud a la que había estado sometido. La fiesta comenzaba con una cena pascual para la que se había inmolado un cordero de un año, sin mancha ni defecto alguno, y se comía pan ácimo, sin levadura, con hierbas amargas. Todo era figura e imagen de la renovación que Cristo obraría en las almas y de su liberación del pecado. El cordero pascual de la fiesta judía era figura y promesa del verdadero Cordero, Jesucristo, víctima en el sacrificio del Calvario a favor de la humanidad entera (Santo Tomás, Suma Teológica). El sacrificio de Cristo en la Cruz, renovado cada vez que se celebra la Santa Misa, nos permite vivir ya en una fiesta continua, un adelanto de lo que serán la gloria y la felicidad eternas.

II. Cristo, utilizando los viejos ritos, establecerá la verdadera Pascua, de la cual la anterior sólo era una imagen precursora. Las hierbas amargas guardan ahora una estrecha relación con la amargura de la Pasión, que pronto iba a comenzar. Jesús al instituir la Eucaristía en la Última Cena, anticipó de forma sacramental –mi cuerpo entregado, mi sangre derramada– el sacrificio que consumaría al día siguiente en el Calvario. Con las palabras ‘haced esto en conmemoración mía’ dispuso el Señor que aquel misterio de amor se pudiera repetir hasta el fin de los tiempos, otorgando a los Apóstoles y a sus sucesores el poder realizarlo (1 Co 11, 24-25; Lc 22, 19). ¡Cómo hemos de dar gracias por participar de tantos bienes que recibimos en la Santa Misa, y de modo particular en el momento de la Sagrada Comunión!

III. Aquella Cena y la Santa Misa constituyen, con la oblación ofrecida en el Calvario, un sacrificio único y perfecto, porque en los tres casos la víctima ofrecida es la misma: Cristo; e igual el sacerdote: Cristo (CH. Journet, La Misa) Nosotros hemos de procurar que la Santa Misa sea el centro de nuestra vida entera al que se referirán todas las prácticas de piedad, los deberes familiares y sociales, el trabajo, el apostolado…; será la fuente donde recobraremos las fuerzas todos los días para ir adelante; también será la cumbre hacia la que dirigimos nuestros pasos, los deseos más íntimos del alma, y el corazón donde aprendemos a amar a los demás, con sus defectos muy parecidos a los nuestros, y con sus facetas menos agradables. La Virgen, Nuestra Madre que estuvo a los pies de la Cruz, nos acompaña en la Santa Misa.