Domingo 21 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

Marta ha venido a ser como el símbolo de la vida activa, mientras que María lo es de la vida contemplativa. Sin embargo, para la mayoría de los cristianos, llamados a santificarse en medio del mundo, no se pueden considerar como dos modos contrapuestos de vivir el cristianismo: una vida activa que se olvide de la unión con Dios es algo inútil y estéril; pero una supuesta vida de oración que prescinda de la preocupación apostólica y de la santificación de las realidades ordinarias tampoco puede agradar a Dios. La clave está, pues, en saber unir esas dos vidas, sin perjuicio ni de una ni de otra. Esta unión profunda entre acción y contemplación puede vivirse de muy diversos modos, según la vocación concreta que cada uno recibe de Dios.

Meditación

El trabajo de Marta

I. El Evangelio de la Misa narra la llegada de Jesús con sus discípulos a casa de sus amigos de Betania (Lc 10, 38-42): Marta, María y Lázaro. Jesús amaba entrañablemente a estos amigos, entre ellos se siente muy a gusto. Le tratan muy bien y siempre es recibido en su casa con alegría y afecto. Así deberíamos nosotros tratar a Jesús quien se encuentra siempre en el Sagrario. Marta se afanaba con los múltiples quehaceres de la casa, que deberían ser muchos, máxime si el grupo de huéspedes tan numeroso se presentaba de improviso. Mientras tanto, María se desatendía de los preparativos de la comida y estaba sentada a los pies del Señor escuchando su palabra. Nosotros, con la ayuda de la gracia, debemos aprender la armonía de la vida cristiana, que se manifiesta en la unidad de vida –unir a Marta y María– de forma que el amor a Dios, la santidad personal, sea inseparable del afán apostólico y se manifieste en la rectitud de nuestro trabajo.

II. Durante muchos siglos se ha querido presentar a estas dos hermanas como dos modelos de vida contrapuestos: en María se ha querido representar la contemplación, la vida de unión con Dios; en Marta, la vida activa de trabajo. Sin embargo, es precisamente en el trabajo, en el quehacer de cada uno, el lugar en donde encontramos a Dios, “el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad” (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios), donde amamos a Dios mediante el ejercicio de las virtudes humanas y de las sobrenaturales. Sin un trabajo serio, hecho a conciencia, con prestigio, sería muy difícil –quizá imposible– que pudiéramos tener una vida interior honda y ejercer un apostolado eficaz en medio del mundo. Es en medio de los trabajos y a través de ellos, no a pesar de ellos, donde Dios nos llama a la mayoría de los cristianos para santificar el mundo y santificarnos nosotros en él, con una vida llena de oración que vivifique y dé sentido a esas tareas.

III. Debemos tener tal unidad de vida que el mismo trabajo nos lleve a estar en presencia de Dios y, a la vez, los ratos expresamente dedicados a hablar con el Señor nos ayuden a trabajar mejor. Para lograr la presencia de Dios mientras trabajamos tendremos que recurrir a industrias humanas, cosas que nos recuerden que nuestro trabajo es para Dios y que Él está cerca de nosotros, contemplando nuestras obras. Le pedimos a La Virgen, al terminar nuestra oración, tener el espíritu de trabajo de Marta y la presencia de Dios de María mientras sentada a los pies de Jesús, escuchaba embebida sus palabras.