Sábado 27 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

«Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena; el Señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres –los cristianos especialmente– se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 123).

Meditación

La Nueva Alianza

I. Leemos en el libro del Éxodo que cuando Moisés bajó del Sinaí dio a conocer al pueblo los mandamientos que había recibido de Dios. Los israelitas se obligaron a cumplirlos y Moisés los puso por escrito. Yahvé, con amor paternal, velaría por su pueblo, elegido entre todos los pueblos de la tierra. El pueblo romperá incontables veces el pacto, pero Dios no se cansa de perdonar y de amar. No sólo perdona: anuncia por los profetas una y otra vez, la nueva Alianza en la que mostrará su infinita misericordia (Jr 31, 31-34; Ez 16, 60; Is 42, 6). Por la Sangre de Cristo, derramada en la Cruz, se sellará el nuevo y definitivo pacto anunciado, que une estrechamente a Dios su nuevo pueblo, la humanidad entera, llamada a formar parte de la Iglesia. Cada día en la Santa Misa, donde el cielo parece unirse con la tierra, ante el asombro de los ángeles, nos unimos con Cristo en una intimidad real y verdadera; el antiguo pueblo elegido jamás pudo imaginar algo semejante.

II. La Última Cena es la anticipación del sacrificio de la Cruz (M. Schmaus, Teología dogmática). ‘Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía’ (1 Co 11, 25). Todos los días, en todo el mundo, se renueva esta Alianza siempre que se celebra la Santa Misa. En cada altar se vuelve a hacer presente, de modo misterioso pero real, el mismo sacrificio de Cristo en el Calvario, especialmente en el momento de la Consagración. Nos rodea un ejército de ángeles que adoran con nosotros a Cristo presente en el altar. En la elevación, contemplamos a Cristo elevado en la Cruz y le pedimos que traiga a Sí todas las cosas. Hacemos actos de fe, de esperanza, de amor, de adoración, de humildad… diciendo con la mente: “¡Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí! ¡Señor mío y Dios mío!”

III. ¡Con qué amor y reverencia hemos de acercarnos a la Santa Misa! Allí encontramos la gracia y al Autor de la misma. Para prepararnos al Santo Sacrificio del altar, pensemos en las palabras de San Pablo: Habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesús en el suyo (Flp 2, 5), y ofrecemos el Santo Sacrificio juntamente con Él y por Él, y con Él nos ofrecemos también nosotros mismos. (Pío XII Eucaristicum Mysterium). Nos ayudará la participación exterior de la Liturgia de una manera consciente, piadosa y activa. Seremos puntuales y nos vestiremos con la dignidad que se requiere. Nuestra acción de gracias será pausada, sin prisas, y procuraremos encontrar a Nuestra Señora, ya que la Santa Misa es como una prolongación del Calvario, donde Ella acompañó a su Hijo en el dolor.