Domingo 28 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

«¿Habrá entre ustedes algún padre que cuando su hijo le pide pan, le da una piedra?»: La paternidad humana que el hombre tiene ante la vista sirve al Señor como punto de comparación para volver a enseñarnos la realidad gozosa de que Dios es nuestro Padre, porque la verdad es que la paternidad de Dios es la fuente de toda paternidad en los Cielos y en la tierra (cfr Ef 3,15). «El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima. El mismo Padre amoroso que ahora nos atrae suavemente hacia Él, mediante la acción del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 84).

Meditación

Aprender a pedir

I. En el Evangelio de la misa vemos cómo los discípulos de Jesús lo encontraban con frecuencia en un diálogo lleno de ternura con su Padre del Cielo. Un día le dijo uno de ellos: ‘Señor, enséñanos a orar’ (Lc 11, 1-13). Esto hemos de pedir nosotros: Jesús, enséñame a tratarte, dime cómo y qué cosas debo pedirte… Una buena parte de nuestras relaciones con Dios están definidas por la petición confiada. Somos hijos de Dios necesitados, y Él sólo desea darnos, y en abundancia. El Señor mismo sale fiador de nuestra petición: todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y a quien llama se le abrirá. No pudo ser más categórico. Debemos acudir al Sagrario como gente muy necesitada ante Quien todo lo puede: como acudían los leprosos, los ciegos, los paralíticos. La humildad de sentirnos limitados pobres, carentes de tantos dones, y la confianza en que Dios es el Padre incomparable pendiente de sus hijos, son las primeras disposiciones con las que debemos acudir diariamente a la oración.

II. Ante todo debemos pedir y buscar los bienes del alma, querer amar cada día más al Señor, deseos auténticos de santidad en medio de las peculiares circunstancias en las que nos encontremos. También pedir los bienes materiales, en la medida en que nos sirvan para alcanzar a Dios: la salud, los bienes económicos, lograr ese empleo que quizá nos es necesario… Muchas veces somos como un niño pequeño que muchas veces no sabe lo que pide. Dios siempre quiere para nosotros lo mejor, y si nos conviniera nos lo habría dado. Por eso la felicidad del hombre se encuentra siempre en la plena identificación con el querer divino, pues, aunque humanamente no lo parezca, por ese camino nos llegará la mayor de las dichas.

III. A veces puede insinuarse en el alma la tentación de preguntarse: ¿de qué me sirve que yo trate de luchar y de esforzarme en cumplir la voluntad de Dios, si son tantos los que le ofenden y quienes viven como si Él no existiera? Dios tiene otras medidas, bien distintas de las humanas, acerca de la utilidad de una vida. Un día, al final, el Señor nos hará ver la eficacia enorme, más allá del tiempo y de la distancia, de nuestro deseo de cumplir amorosamente Su voluntad. Y no olvidemos, que a petición de Abrahán, el amigo de Dios, estuvo dispuesto a salvar a Sodoma y Gomorra, las ciudades que tanto le habían ofendido, si hubiera encontrado solamente diez justos. Al terminar nuestra oración, pidamos por la sociedad que nos rodea, pues parece alejarse cada vez más de Dios. A Nuestra Madre le rogamos que nos ayude a encontrar justos que son agradables a su Hijo y en los que Él se puede apoyar.