Martes 30 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

La Iglesia, mientras camina en la tierra, está integrada por buenos y malos, por justos y pecadores. Todos vivirán entremezclados hasta el tiempo de la siega, el fin del mundo, cuando el Hijo del Hombre, Jesucristo, constituido Juez de vivos y muertos separará a los buenos de los malos en el Juicio Final: aquéllos para la gloria eterna –herencia exclusiva de los santos–; los malos, en cambio, para el fuego eterno del infierno. Aunque ahora los justos y pecadores permanecen juntos, asiste a la Iglesia el derecho y el deber de excluir a los escandalosos, especialmente a los que atentan contra su doctrina y unidad; lo puede hacer mediante la excomunión eclesiástica y las penas canónicas. Sin embargo, la excomunión tiene un fin medicinal y pastoral: la corrección del que se obstina en el error y la preservación de los demás.

Meditación

Los amigos de Dios

I. En diversas ocasiones la Sagrada Escritura nos muestra a Dios como amigo de los hombres. La amistad exige benevolencia mutua. Primero nos amó Dios, y así pudimos corresponder; nosotros le amamos porque Él nos amó primero. A lo largo de su vida terrena, Nuestro Señor estuvo siempre abierto a una amistad sincera con quienes se le acercaban. Del mismo modo, el Señor nos ofrece ahora su amistad desde el Sagrario. Allí nos consuela, nos anima, nos perdona. En el Sagrario, Jesús habla con todos, cara a cara, como un hombre habla con su amigo (Ex 33, 11).

II. El Señor quiere hablar con nosotros en la intimidad de la oración, como conversaba con sus amigos en Su paso por la tierra. Abrámosle nuestra alma, y Él nos abrirá la suya; el verdadero amigo no oculta nada al amigo. Esta amistad con Jesucristo nos capacita para ser mejores amigos con nuestros semejantes, porque nos dispone a salir de nuestro egoísmo y nos da ocasión de difundir el bien que poseemos: “Sólo son verdaderos amigos aquellos que tienen algo que dar y, al mismo tiempo, la humildad suficiente para recibir. Por eso la amistad es más propia de hombres virtuosos. El vicio compartido no produce amistad sino complicidad, que no es lo mismo. Nunca podrá ser legitimado el mal con una pretendida amistad” (J. Abad, Fidelidad); el mal, el pecado, no une jamás en la amistad y en el amor. Nosotros podemos darles a nuestros amigos muchas cosas buenas, pero sobre todo, podemos y debemos darles el bien más grande que poseemos: Cristo mismo, el Amigo por excelencia.

III. ‘Un amigo fiel es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como un amigo fiel; su precio es incalculable’ (Si 6, 14-17). La amistad necesita ser protegida contra el paso del tiempo que lleva al olvido, y también contra la envidia que corrompe la amistad. Seamos amigos de modo particular de nuestro Ángel Custodio; nuestro Ángel no se aleja por nuestros caprichos y defectos, conoce nuestras flaquezas y miserias, y tal vez por eso nos ame más. Pero, sobre toda amistad, debemos hacer fuerte y piadosa la amistad “con el Amigo que nunca traiciona” (S. Josemaría Escrivá, Camino). A Él siempre le encontramos, siempre está dispuesto a recibirnos y a permanecer con nosotros el tiempo que deseemos. De Él aprendemos a ser de verdad amigos de nuestros amigos. Nos espera en el Sagrario.