Miércoles 31 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

Con las parábolas del tesoro escondido y de la perla presenta Jesús el valor supremo del Reino de los Cielos y la actitud del hombre para alcanzarlo. Aun siendo muy parecidas entre sí, presentan diferencias dignas de notar: el tesoro significa la abundancia de dones; la perla, la belleza del Reino. El tesoro se presenta de improvisto, la perla supone, en cambio, una búsqueda esforzada; pero en ambos casos el que encuentra queda inundado de un profundo gozo. Así es la fe, la vocación, la verdadera sabiduría, «el deseo del cielo»: a veces se presenta de modo inesperado, otras, sigue una intensa búsqueda. Sin embargo, la actitud del hombre es idéntica en ambas parábolas y está descrita con los mismos términos: «va y vende todo cuanto tiene y la compra»; el desprendimiento, la generosidad, es condición indispensable para alcanzarlo.

Meditación

El tesoro y la perla preciosa

I. ‘El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre lo oculta y, gozoso del hallazgo, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo. También es semejante a un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende cuanto tiene y la compra’ (Mt 13, 44-45). Jesús descubre en estas dos parábolas el valor supremo del Reino de Dios y la actitud del hombre para alcanzarlo. El tesoro y la perla expresan la grandeza de la propia vocación. El tesoro significa la abundancia de dones que se reciben con la vocación: gracias para vencer los obstáculos, para crecer en fidelidad, para el apostolado…; la perla indica la maravilla de la llamada, y la búsqueda esforzada necesaria para encontrar el tesoro. El hombre siempre ha tenido que esforzarse para seguir esta llamada, pues el Señor invita, pero no coacciona. Después son necesarios el desprendimiento y la generosidad para alcanzarla.

II. Dios pasa por la vida de cada persona en unas circunstancias bien determinadas, a una edad concreta, en situaciones distintas; y exige de acuerdo con esas condiciones, que Él mismo ha previsto desde la eternidad. Jesús pasa y llama: a unos cuando son jóvenes; a otros en la madurez de su vida… o en su declinar. A muchos los encuentra en medio del mundo, desarrollando su trabajo profesional; a otros les encuentra en el matrimonio y les pide santificar su familia. En cualquier edad o circunstancia en la que se reciba la llamada, el Señor da una juventud interior que lo renueva todo, la llena de ilusiones y de afán apostólico. La mejor edad para entregarse al Señor es aquella en la que Él llama; nunca es demasiado pronto, ni demasiado tarde. Lo importante es ser generoso.

III. La vocación siempre exige renuncia y un cambio profundo en la propia conducta. La llamada reclama para Dios todo lo que uno se había reservado para sí mismo, y pone al descubierto apegamientos, flaquezas, reductos que se suponían intocables y que, sin embargo, es preciso destruir para adquirir el tesoro sin precio, la perla incomparable. San José, nuestro Padre y Señor, encontró el más grade tesoro, la perla preciosa en el encargo de cuidar de Jesús y de María. Pidámosle que nos ayude a vivir con plenitud y alegría lo que Dios quiere de cada uno de nosotros.