Domingo 4 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

«Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia»: Aquel hombre sólo está interesado por sus propios problemas; solo ve en Jesús a un maestro de reconocida autoridad y prestigio para resolverle su caso. El personaje puede muy bien representar a quienes acuden a la autoridad religiosa no para pedir una orientación en su vida espiritual sino para resolver sus asuntos materiales. Jesús, decididamente, se desentiende de semejante petición. Y no es por insensibilidad ante una situación de posible injusticia familiar, sino porque intervenir en tales asuntos no es propio de su misión redentora.

Meditación

Ser ricos en Dios

I. San Pablo (Col 3, 1-5; 9-11) nos exhorta a aspirar a los bienes de allá arriba, donde está Cristo a la derecha del Padre porque los bienes de aquí abajo duran poco y no llenan el corazón humano por muy abundantes que sean. Aunque sólo Dios da sentido a la vida, al trabajo y al dolor, el corazón del hombre tiene gran facilidad para buscar las cosas de aquí abajo sin otra dimensión trascendente, tiende a apegarse a ellas como lo único y principal y a olvidarse de lo que realmente importa. La consideración de nuestra propia muerte arroja mucha luz sobre el sentido de la vida y de los bienes. Podemos preguntarnos hoy, en nuestra oración, en qué tenemos puesto el corazón. Sabiendo que nuestro destino definitivo es el Cielo, tenemos que hacer positivos y concretos actos de desprendimiento de lo que poseemos y usamos, y ver el modo de que otras personas más necesitadas compartan lo nuestro, y ayudar con bienes y tiempo en tareas apostólicas.

II. Nuestro paso por la tierra es un tiempo para merecer; el mismo Señor nos lo ha dado. El Señor vendrá a pedirnos cuentas de los bienes que nos dejó en depósito para que los administrásemos bien: la inteligencia, la salud, los bienes materiales, la capacidad de amistad, la posibilidad de hacer felices a quienes nos rodean… El Señor llegará una sola vez, quizá cuando menos lo esperábamos, como el ladrón en la noche (Mt 24, 43), como el relámpago en el cielo (Mt 24, 27), y nos ha de encontrar bien dispuestos. Aferrarse a lo de aquí abajo, olvidar que nuestro fin es el Cielo, nos llevaría a desenfocar nuestra vida, a vivir en la más completa necedad. Hemos de caminar con los pies en la tierra, con afanes, ilusiones e ideales humanos, sabiendo prever el futuro para uno mismo y para aquellos que dependen de nosotros, pero sin olvidar que somos peregrinos. La meditación de nuestro final terreno nos ayuda a santificar el trabajo –recuperando el tiempo perdido (Ef 5, 16) – y nos facilita aprovechar todas las circunstancias de esta vida para merecer y reparar por los pecados, y para un desprendimiento efectivo de los que tenemos y usamos.

III. Si los bienes que tenemos y utilizamos están enderezados a la gloria de Dios, sabremos utilizarlos con desprendimiento, y no nos quejaremos si alguna vez nos faltan. Su carencia –cuando el Señor lo quiere o lo permite así– no nos quitará la alegría. Sabremos ser felices en la abundancia y en la escasez, porque los bienes no serán el objeto supremo de la vida. Le pedimos a la Virgen que nos ayude a vivir el desprendimiento de los bienes materiales como Ella lo vivió.