Lunes 5 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

Debía de ser plena primavera porque la hierba estaba verde. Los panes en Oriente próximo suelen tener la forma de tortas delgadas, que se parten fácilmente con las manos y se distribuyen a los comensales. Una y otra cosa solía hacerlas el padre de familia o el que presidía la mesa. El Señor sigue aquí esta misma costumbre. El milagro de este relato consiste en que los trozos de pan se multiplican en las manos de Jesús. Luego, los discípulos los repartían a la muchedumbre.

Otra vez más destaca la manera de actuar del Señor: busca la libre cooperación del hombre; a la hora de hacer el milagro quiere que los discípulos aporten los panes y los peces, y su propia actividad.

Meditación

El optimismo del cristiano

I. Muchas veces vemos la realidad objetivamente y hacemos un cálculo de nuestras fuerzas y posibilidades: nos superan las dificultades de la propia vida y del apostolado. El optimismo radical del cristiano tiene otros fundamentos: ‘Quien deja a Dios fuera de sus cuentas, no sabe contar’. Y muchas veces no nos salen las cuentas porque olvidamos el sumando de mayor importancia: ‘En las empresas de apostolado está bien –es un deber– que consideres tus bienes terrenos (2+2=4), pero no olvides ¡nunca! Que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios+2+2…’ (S. Josemaría Escrivá, Camino). Ser sobrenaturalmente realistas nos lleva a contar con la gracia de Dios, que es un ‘dato’ bien real. No olvidemos que nos ha dicho: ‘Yo estaré con vosotros siempre’.

II. El optimismo del cristiano es consecuencia de su fe, no de las circunstancias. Sabe que el Señor sabe sacar fruto incluso de los aparentes fracasos; a la vez nos pide emplear todos los medios humanos a nuestro alcance. El optimismo del cristiano se afianza fuertemente con la oración: ‘no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien. Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia; un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder a cada instante a las llamadas de Dios’ (S. Josemaría Escrivá, Forja). El cristiano sabe enfrentarse a la realidad con los ojos bien abiertos y vigilantes, pero no queda atenazado por el mal que a veces contempla, ni su alma se llena de tristeza, porque sabe que en ninguna circunstancia su Padre Dios le deja de la mano, y que siempre sacará frutos desproporcionados de sus esfuerzos en su vida familiar, en su trabajo y en el apostolado. III. Quienes seguimos a Cristo estamos unidos por un fuerte vínculo, y corre por nosotros la misma vida. La Comunión de los Santos nos enseña que formamos un solo Cuerpo en Cristo y que podemos ayudarnos, eficazmente, unos a otros. En este momento alguien está pidiendo por nosotros, alguien nos ayuda con su trabajo, con su oración, su dolor. Nunca estamos solos. La Comunión de los Santos alimenta continuamente nuestro optimismo, porque contamos con la ayuda, misteriosa pero real, de todos los que participamos del mismo Pan, que el Señor vuelve a multiplicar para nosotros, que le andamos siguiendo. Como con el milagro de la multiplicación de los panes, el Señor vuelve a realizar milagros cuando ponemos a su disposición lo poco que tenemos.

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