Domingo 11 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

«Porque donde está su tesoro, ahí está su corazón»: El Señor termina este discurso insistiendo en los bienes imperecederos a los que debemos aspirar. A este tenor el Concilio Vaticano II, hablando de la llamada universal a la santidad, concluye con esta enseñanza: «Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado. Estén todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo y su apego a las riquezas, contrario al espíritu de pobreza evangélica, les impida la prosecución de la caridad perfecta; y acuérdense de la advertencia del Apóstol: ‘Los que usan de este mundo, no se detengan en él: porque la apariencia de este mundo es pasajera’ (1 Cor 7,31)» (Const. Dogm. Lumen gentium, n. 24).

Meditación

Esperando al Señor

I. La fe que guía nuestros pasos es precisamente certeza en las cosas que se esperan (Hb 11,1). Por medio de esta virtud teologal, el cristiano adquiere una firme garantía acerca de las promesas del Señor, y una posesión anticipada de los dones divinos. La fe nos da a conocer dos verdades fundamentales de la existencia humana: que estamos destinados al Cielo y, por eso, todo lo demás ha de ordenarse y subordinarse a este fin supremo; y que el Señor quiere ayudarnos con abundancia de medios a conseguirlo (Santo Tomás, Suma Teológica). Nada debe desanimarnos en el camino hacia la santidad, porque nos apoyamos en estas ‘tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas. Y es Él, el Dios de las misericordias, quien enciende en mí la confianza; por lo cual yo no me siento solo, ni inútil, ni abandonado, sino implicado en un destino de salvación que desembocará un día en el Paraíso’ (Juan Pablo II, Alocución). La Bondad, la Sabiduría y la Omnipotencia divinas constituyen el cimiento firme de la esperanza humana.

II. Jesús nos exhorta a la vigilancia, porque el enemigo no descansa, siempre está al acecho (1 P 5, 8), y porque el amor nunca duerme (Ct 5, 2). Cuando el Señor venga al fin de nuestra vida, nos debe encontrar preparados, en estado de vigilia, sirviendo por amor y empeñados en mejorar las realidades terrenas, pero sin perder el sentido sobrenatural de la vida; valorando debidamente las realidades terrenas –la profesión, los negocios, el descanso… –, sin olvidar que nada de esto tiene un valor absoluto, y que debe servirnos para amar más a Dios, para ganarnos el Cielo y servir a los hombres; haciendo un mundo más justo, más humano, más cristiano. Para estar vigilantes ‘necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero dolor de tus faltas, de tus omisiones y pecados’ (S. Josemaría Escrivá, Forja). El Señor debe encontrarnos preparados a cualquier hora que se presente. III. Estaremos vigilantes en el amor y lejos de la tibieza y del pecado si nos mantenemos fieles en las cosas menudas que llenan el día. Las cosas pequeñas son antesala de las grandes, y el amor vigilante se alimenta de lo pequeño; y cae en la tentación más grande quien descuida lo que parece sin importancia. Si somos fieles en lo pequeño, nuestra vida habrá consistido en una alegre espera, mientras llevamos a cabo ilusionadamente lo que nuestro Padre Dios nos ha encomendado.

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