Sábado 24 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

El apóstol Felipe no puede menos de transmitir a su amigo Natanael (Bartolomé) el gozo de su descubrimiento, lleno de emoción (v. 45). «Natanael (…) había oído por las Escrituras que el Cristo debía venir de Belén, del pueblo de David. Así lo creían los judíos y lo habían anunciado, tiempo atrás, el profeta: ‘Y tú, Belén, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe, que apacentará a mi pueblo, Israel’ (Mi 5,2). Por tanto, al escuchar que provenía de Nazaret se turbó y dudó, al no encontrar cómo compaginar las palabras de Felipe con la predicación profética» (Hom. Sobre S. Juan, 20,1).

Piense el cristiano que al transmitir su fe a otros, éstos pueden presentarle dificultades. ¿Qué debo hacer? Lo que hizo Felipe: no confiar en sus propias explicaciones, sino invitarles a acercarse personalmente hasta Jesús: «Ven y verás». El cristiano, pues, debe poner a sus hermanos los hombres delante del Señor a través de los medios de la gracia que Él mismo ha dado y la Iglesia administra: frecuencia de Sacramentos y práctica de la piedad cristiana.

Meditación

San Bartolomé Apóstol

I. Al Apóstol Bartolomé lo identifica la tradición con Natanael, aquel amigo de Felipe a quien éste comunicó lleno de gozo su encuentro con Jesús, con estas palabras: Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley, y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José (Jn 1, 45). Natanael, como todo buen israelita, sabía que el Mesías debía venir de Belén, del pueblo de David. Por eso quizá contesta con cierto tono despectivo: ¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret? Y Felipe, sin confiar demasiado en sus propias explicaciones, le invitó a acercarse personalmente al Maestro: Ven y verás, le dice. Felipe sabía bien, como nosotros, que Cristo no defrauda a nadie. Jesús mismo «llamó a Natanael por medio de Felipe, como llamó a Pedro por medio de su hermano Andrés. Ésta es la manera de obrar de la divina Providencia, que nos llama y nos conduce por medio de otros. Dios no quiere trabajar solo; su sabiduría y bondad quieren que también nosotros participemos en la creación y orden de las cosas» (O. Hophan, Los Apóstoles). ¡Cuántas veces nosotros mismos vamos a ser instrumentos para que nuestros amigos o familiares reciban la llamada del Señor! ¡A cuántos, como Felipe, les hemos dicho ven y verás!

II. En el elogio de Jesús a Natanael se descubre la atracción que una persona sincera produce en el Corazón de Cristo. El Maestro dice del nuevo discípulo que en él no hay doblez ni engaño: es un hombre sin falsía. No tiene «como dos corazones y dos dobleces en el corazón, uno para las verdades y otro para las mentiras» (San Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan, 78 7, 16). Esto mismo se ha de decir de cada uno de nosotros, que seamos hombres y mujeres íntegros, que procuran vivir con coherencia la fe que profesamos. Esta virtud es fundamental para seguir a Cristo, pues Él es la Verdad divina y aborrece todo engaño. Hasta sus mismos enemigos tendrán que reconocer el amor de Cristo por la verdad: Maestro le dirán en una ocasión, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias (Mt 22, 16). De la verdad no puede nacer más que bien. Nunca vale la pena mentir: ni por obtener un gran beneficio económico que sólo dependiera de una mentira pequeña, ni por librarnos de un castigo o de un mal rato.

III. Muy relacionada con la sinceridad está otra virtud, que podemos admirar hoy en San Bartolomé: la sencillez, que es consecuencia necesaria de un corazón que busca a Dios. A esta virtud se oponen la afectación en el decir y en el obrar, el deseo de llamar la atención, la pedantería, el aire de suficiencia, la jactancia…, faltas que dificultan la unión con Cristo, el seguirle de cerca, y que crea barreras, a veces insalvables, para ayudar a los demás a que se acerquen a Jesús. El alma sencilla no se enreda ni se complica inútilmente por dentro: se dirige derechamente a Dios, a través de todos los sucesos buenos o malos que ocurren a su alrededor. Junto a la sinceridad, la naturalidad y la sencillez constituyen otras dos maravillosas virtudes humanas. Pidamos hoy a San Bartolomé que nos alcance del Señor esas virtudes, que tanto le agradan a Él y que tan necesarias son para la oración, la amistad, la convivencia y el apostolado. Pidamos a Nuestra Señora andar por la vida sin dobleces, con sinceridad y sencillez.

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