Lunes 2 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

Los habitantes de Nazaret escuchan al principio con agrado las palabras llenas de sabiduría de Jesús. Pero la visión de estos hombres es superficial. Del relato evangélico parece desprenderse que estaban esperando ver a Jesús, su conciudadano, hacer milagros, como había sucedido en otras ciudades cercanas. Pero el Señor no accede a satisfacer esas vanidades, y no hace ningún prodigio, siguiendo su modo habitual de proceder (véase, por ejemplo, el encuentro con Herodes en Lc 23,7-11); incluso les reprocha su postura, explicándoles con dos ejemplos tomados del Antiguo Testamento la necesidad de una buena deposición a fin de que los milagros puedan dar origen a la fe. La actitud de Cristo les hiere en su orgullo hasta el punto de quererlo matar. Todo el suceso es una buena lección para entender de verdad a Jesús: sólo se le entiende en la humildad y en la seria resolución de ponerse en sus manos.

Meditación

Obras de misericordia

I. El amor de Cristo se expresa particularmente en el encuentro con el sufrimiento, en todo aquello en que se manifiesta la fragilidad humana, tanto física como moral. De esta manera revela la actitud continua de Dios Padre hacia nosotros, que es amor (1 Jn 4, 16) y rico en misericordia (Ef 2, 4). La misericordia es el núcleo fundamental de su predicación y la razón principal de sus milagros. También la Iglesia ‘abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, en los pobres y en los que sufren reconoce la imagen de su Fundador, pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo’ (Concilio Vaticano II, Lumen gentium). ¿Y qué otra cosa haremos nosotros si queremos imitar al Maestro y ser buenos hijos de la Iglesia? Cada día se nos presentan incontables ocasiones de poner en práctica la enseñanza de Jesús ante el dolor y la necesidad, con un corazón lleno de misericordia.

II. Si la mayor desgracia, el peor de los desastres, es alejarse de Dios, nuestra mayor obra de misericordia será en muchas ocasiones acercar a los sacramentos, fuentes de Vida, y especialmente a la Confesión, a nuestros familiares y amigos. Toda miseria moral, cualquiera que sea, reclama nuestra compasión, y la verdadera compasión comienza por la situación espiritual del alma de los que nos rodean, que hemos de procurar remediar con la ayuda de la gracia. Ahora que el número de analfabetas ha decrecido en tantos países, ha aumentado la ignorancia religiosa con el total desconocimiento de las más elementales nociones de la Fe y la Moral y de los rudimentos mínimos de la piedad. Por esta razón, la catequesis ha pasado a ser una obra de misericordia de primera importancia (J. Orlandis, Bienaventuranzas). III. Imitar a Jesús misericordioso nos llevará a dar consuelo y compañía a quienes se encuentran solos, a los enfermos, a los ancianos, a quienes sufren una pobreza vergonzante o descarada. Haremos nuestro su dolor y les ayudaremos a santificarlo mientras que procuramos remediar ese estado en el modo que nos sea posible. La misericordia nos lleva a perdonar con prontitud y de corazón, aunque quien ofende no manifieste arrepentimiento por su falta o rechace la reconciliación. El cristiano no guarda rencores en su alma, no se siente enemigo de nadie, ni juzga severamente a nadie. Si somos misericordiosos, obtendremos del Señor la misericordia que tanto necesitamos, particularmente para esas flaquezas, errores y fragilidades que Él bien conoce. María, Madre de la misericordia, nos dará un corazón capaz de compadecerse de quienes sufren a nuestro lado.

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