Viernes 6 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

La acusación de los escribas y fariseos ofrece a Jesús la ocasión de exponer la condición de su persona y el alcance de su doctrina: la alegría que supone su presencia en el mundo hace que quede relegada para más tarde una práctica penitencial como el ayuno. Su doctrina exige una penitencia interior más profunda, una renovación, y quien la reciba de este modo comprobará que es como el vino añejo y no querrá volver a su vida anterior. Pero el Señor no abroga el ayuno sino que le da un sentido más profundo: «El mérito de nuestros ayunos no consiste solamente en la abstinencia de los alimentos; de nada sirve quitar al cuerpo su nutrición si el alma no se aparta de la iniquidad y si la lengua no deja de hablar mal» (S. León Magno, Serm. 4 de Quadrag. 2).

Meditación

Los amigos del esposo

I. Entre los hebreos existía la costumbre de que el nuevo esposo iba acompañado por otros jóvenes de su edad, sus íntimos, como una escolta de honor. Se llamaban los amigos del esposo (1 Mc 9, 39), y su misión era honrar al que iba a contraer nupcias, alegrarse con sus alegrías, participar de modo especial en los festejos de la boda. Jesús llama amigos íntimos –los amigos del esposo– a quienes le siguen, a nosotros; hemos sido invitados a participar entrañablemente del banquete nupcial figura del Reino de los Cielos. El Señor quiso ser ejemplo de amistad verdadera y estuvo abierto a todos con ternura y afecto. Jesús nos llama amigos. Y nos enseña a acoger a todos, y a ampliar y desarrollar nuestra capacidad de amistad. Y sólo lo aprenderemos si lo tratamos en la intimidad de la oración, en nuestra amistad con Él.

II. Jesús tuvo amigos de todas las clases sociales y en todas las profesiones: eran de edad y de condición bien diversa. Jesús amaba a sus amigos. Cuando llegó a Betania, Lázaro había muerto, y ante la sorpresa de todos, Jesús comenzó a llorar. Decían entonces los judíos: ‘Mirad cómo le amaba’ (Jn 11, 36). Jesús llora lágrimas de hombre; no permanece impasible ante el dolor de quienes ama, de sus amigos. Nosotros no tenemos nada más valioso que la amistad con Jesucristo, y de Él aprendemos a tener muchos amigos, aprovechando las relaciones de vecindad, de trabajo, de estudio. El cristiano está siempre abierto a los demás. El afán apostólico, para llevar a nuestros amigos al Amigo, y las virtudes humanas de la convivencia nos ayudarán a encontrar puntos de unión y entendimiento con los demás y sabremos prescindir de lo que desune. III. ‘Un amigo fiel es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como un amigo fiel: su precio es incalculable’ (Si 6, 14-17). Cuando encontramos un amigo debemos cultivar su amistad por encima del tiempo, de las distancias, de todo aquello que tienda a separar. La amistad requiere que cuidemos al amigo, de nuestra corrección si lo necesita, de ayudarle en la adversidad, de rezar por él. Si miramos a Cristo aprenderemos a ser buenos amigos: Él dio su vida por cada uno de nosotros. No dejemos de dar a nuestros amigos lo mejor que tenemos: el amor a Jesús.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s