Sábado 7 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

Ante la acusación de los fariseos, Jesús explica el sentido correcto del descanso sabático, invocando un ejemplo del Antiguo Testamento. Además, al declararse «Señor del sábado» manifiesta abiertamente que Él es el mismo Dios que dio el precepto al pueblo de Israel.

Meditación

La fe de santa María

I. Hoy, sábado, es un día apropiado para que meditemos la vida de fe de la Virgen y le pidamos su ayuda para crecer más y más en esta virtud teologal. Desde los primeros siglos, este día ha estado dedicado a honrarla. Santo Tomás señala que dedicamos el sábado a nuestra Madre porque “conservó en ese día la fe en el misterio de Cristo mientras Él estaba muerto” (Sobre los mandamientos, en Escritos de Catequesis). Muchos cristianos procuran esmerarse este día en honrar a la Reina del Cielo: Escogen una jaculatoria para repetírsela muchas veces en el día, hacen una visita a alguna persona enferma, o sola, o necesitada, ofrecen una mortificación que marca ese día mariano, acuden a rezar alguna ermita o iglesia dedicada a la Virgen, ponen más atención en las oraciones que le dirigen: Santo Rosario, Ángelus, Regina Coeli, la Salve… Consideremos hoy cómo vivimos el sábado habitualmente y si tenemos detalles de cariño hacia la Virgen.

II. El momento culminante de la fe de María es la Anunciación: tiene realidad lo que tantas veces había meditado en la intimidad de su corazón; “pero además es el punto de partida, de donde inicia todo su ‘camino hacia Dios’, todo su camino de fe” (Juan Pablo II, Redemptoris Mater). De inmediato prestó su asentimiento pleno, abandonada en el Señor: hágase en mí según tu palabra. Ésta es la primera consecuencia de la fe de Santa María en su vida: una plena obediencia a los planes de Dios. Cuando miramos a nuestra Madre del Cielo vemos nosotros si la fe nos mueve a llevar a cabo la voluntad de Dios sin poner límites: a querer lo que Él quiere, cuando quiere y del modo que quiera. Examinemos cómo aceptamos las contrariedades que se oponen a los propios planes y si nos santifican, o, por el contrario, nos alejan del Señor. III. A la Virgen no le fueron ahorradas pruebas y dificultades, pero su fe saldría victoriosa y fortalecida, convirtiéndose en modelo para todos nosotros. En el Nacimiento de su Hijo contempla las grandezas de Dios en la tierra; en los años de Nazaret brilla en silencio la fe de la Virgen, mientras su fe se encendía con el trato íntimo con Jesús; la fe de Santa María alcanzó su punto culminante junto a la Cruz de Jesús. Sin palabras, con su sola presencia en el Calvario por designio divino (Concilio Vaticano II, Lumen gentium), manifiesta que la luz de la fe alumbra con esplendor incomparable en su corazón. Toda la vida de María fue una obediencia a la fe. Pidámosle a nuestra Madre que sepamos enfocar y dirigir todos los acontecimientos con una fe serena e inconmovible.

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