Martes 10 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

Se inicia aquí un discurso equivalente, aunque mucho más breve, al Discurso de la Montaña de San Mateo. Al recordar que Jesús predicaba en lugares llanos y fácilmente accesibles a la muchedumbre, Lucas quiere poner de relieve la cercanía del Señor a la gente y el carácter universal de su enseñanza. En cualquier caso, no debe olvidarse que «los autores sagrados compusieron los cuatro Evangelios escogiendo datos de la tradición oral o escrita, reduciéndolos a síntesis, adaptándolos a la situación de las diversas Iglesias, conservando el estilo de proclamación: así nos transmitieron siempre datos auténticos y genuinos acerca de Jesús» (C. Vat. II, Dei Verb. 19).

Meditación

La oración de Cristo. Nuestra oración.

I. En muchos pasajes evangélicos se nos muestra Cristo unido al Padre Celestial en una íntima y confiada plegaria. Su oración siempre fue escuchada (Santo Tomás, Suma Teológica), y sus discípulos conocían bien este poder de la oración del Señor. En su oración sacerdotal de la Última Cena suplica el Señor a su Padre por todos los que han de creer en Él a través de los siglos. Pidió el Señor por nosotros y su gracia no nos falta. En todo momento nos envuelve, a nosotros y al mundo entero, el amor de este corazón que tanto ha amado a los hombres y que es tan poco correspondido por ellos (Juan Pablo II, Homilía en la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre, París). ¡Qué alegría pensar que Cristo, siempre vivo, no cesa de interceder por nosotros! (Hb 7, 25). Que podemos unir nuestras oraciones y nuestro trabajo a su oración, y que junto a ella alcanzan un valor infinito.

II. El Maestro nos enseñó con su ejemplo la necesidad de hacer oración. Repitió una y otra vez que es necesario orar y no desfallecer. Cuando también nosotros nos recogemos para orar nos acercamos sedientos a la fuente de las aguas vivas (Sal 41, 2). Allí encontramos la paz y las fuerzas necesarias para seguir con optimismo y alegría en este caminar de la vida. ¡Cuánto bien hacemos a la Iglesia y al mundo con nuestra oración! Se ha dicho que quienes hacen oración son ‘como las columnas del mundo’, sin las cuales todo se vendría abajo. San Juan de la Cruz enseñaba bellamente que ‘es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este amor puro, y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas obras juntas’ (Cántico espiritual, Canción 29), que poco o nada valdrían fuera de Cristo. El diálogo íntimo de Jesús con Dios Padre fue continuo: a eso debemos aspirar nosotros, a tratar a Dios siempre, en los momentos que tenemos dedicados especialmente para ello, y a lo largo de las situaciones que tejen nuestra jornada.

III. El Señor nos dio ejemplo de aprecio por la oración vocal: en cuanto hombre, debió aprender de labio de su Madre muchas plegarias que se habían transmitido por generaciones en el pueblo hebreo. En su última plegaria al Padre utilizará las palabras de un Salmo. Y nos enseñó la oración por excelencia, el Padrenuestro, donde se contiene todo lo que debemos pedir. La oración vocal nos ayuda a mantener viva la presencia de Dios durante el día. Para evitar la rutina nos puede ayudar este consejo: “procura recitarlas con el mismo amor con que habla por primera vez el enamorado…, y como si fuera la última ocasión en que pudieras dirigirte al Señor” (S. Josemaría Escrivá, Forja).

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