Sábado 14 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

«El hombre bueno dice cosas buenas»: Jesucristo pone una doble comparación: la del árbol que, si es bueno, da frutos buenos, y la del hombre que habla de las cosas que tiene en el corazón. «El tesoro del corazón es lo mismo que la raíz del árbol –afirma san Beda–. La persona que tiene un tesoro de paciencia y de perfecta caridad en su corazón produce excelentes frutos: ama a su prójimo y reúne las otras cualidades que enseña Jesús; ama a los enemigos, hace el bien a quien le odia, bendice a quien le maldice, reza por el que le calumnia, no se rebela contra quien le golpea o le despoja, da siempre cuando le piden, no reclama lo que le quitaron, desea no juzgar y no condenar, corrige con paciencia y con cariño a los que yerran. Pero la persona que tiene en su corazón un tesoro de maldad hace exactamente lo contrario: odia a sus amigos, habla mal de quien le quiere, y todas las demás cosas condenadas por el Señor» (In Lucae Evangelium expositio, II, 6).

Meditación

Llena de gracia

I. El Corazón de nuestra Madre Santa María fue colmado de gracias por el Espíritu Santo. Salvo Cristo, jamás se dio ni se dará un árbol con savia tan buena como la vida de la Virgen. Todas las gracias nos han llegado y vienen ahora por medio de Ella; sobre todo, nos llegó el mismo Jesús, fruto bendito de las entrañas purísimas de Santa María. De sus labios han nacido las mejores alabanzas a Dios, las más gratas, las de mayor ternura. De Ella hemos recibido los hombres el mejor consejo: ‘Haced lo que Él os diga’ (Jn 2, 5), un consejo que nos repite calladamente en la intimidad del corazón. “En el misterio de Cristo, María está ya presente ‘antes de la creación del mundo’ como aquella que el Padre ‘ha elegido’ como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad” (Juan Pablo II, Redemptoris Mater).

II. Afirma Santo Tomás que el bien de una gracia es mayor que el bien natural de todo el universo (Suma Teológica). Existe en la gracia una participación en la vida íntima de Dios, que es superior a todos los milagros. La Virgen es, de un modo muy profundo, trono de la gracia; y también de misericordia por quien nos llegan todas las gracias. María es la savia que no cesa de dar fruto en ese árbol que Dios quiso plantar con tanto amor. Es el tesoro inmenso de María, que beneficia continuamente a sus hijos. La plenitud de gracia con que Dios quiso llenar su alma es también un regalo inmenso para nosotros. Démosle gracias por habernos dado a su Madre como Madre nuestra, por haberla creado tan excepcionalmente hermosa en todo su ser. Aprendamos a imitarla en el amor a su Hijo, en su plena disponibilidad para lo que a Dios se refiere.

III. El tesoro de gracias que recibió María en el instante mismo de la creación de su alma santa fue inmenso, el Señor se complació plenamente en Ella y la colmó sobreabundantemente de todas sus gracias, “más que a todos los espíritus angélicos y que a todos los santos”. Además el contacto maternal con la Humanidad Santísima de Cristo, constituye para Ella una fuente continua e inagotable de crecimiento en gracia. A la plenitud de gracia de la Virgen correspondió una plenitud de libertad –se es más libre cuanto más santo se es–, y, en consecuencia, una respuesta fidelísima a estos dones de Dios, por la cual obtuvo una inmensidad de méritos. Pidamos a Nuestra Madre que nos ayude a corresponder como Ella a las gracias que Dios nos da continuamente.

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