Lunes 16 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

Destaca la humildad en la petición del milagro que nos narra el texto. El Centurión no pertenecía al pueblo elegido, era un pagano; pero a través de sus amigos pide con profunda humildad. La humildad es camino para la fe, lo mismo para recibirla que para avivarla. Hablando de la experiencia de su conversión, san Agustín dice que él, que no era humilde, no era capaz de comprender cómo Jesús tan humilde podía ser Dios, ni qué es lo que podía Dios enseñar a nadie abajándose hasta asumir la condición humana. Para eso el Verbo, Verdad eterna, se hizo hombre: para abatir nuestra soberbia, fomentar nuestro amor, someter todas las cosas y así poder elevarnos (cfr Confesiones, VII, 18,24).

Meditación

La fe de un centurión

I. El Evangelio de la Misa (Lc 7, 1-10) nos narra que unos ancianos de los judíos llegaron con Jesús para interceder por un Centurión que tenía un criado enfermos, al que estimaba mucho. Este gentil era muy apreciado por sus grandes virtudes; además era un hombre generoso que había costeado la sinagoga de Cafarnaúm. Los judíos le insisten a Jesús: merece que le concedas esto, aprecia a nuestro pueblo. Sobre todo sobresale por su fe humilde, pues cuando Jesús se acerca a su casa, envió una embajada al Maestro para decirle: Señor, yo no soy digno que entres en mi casa, pero di una palabra y mi criado quedará sano. Esta fe llena de humildad conquistó el corazón de Jesús: quedó admirado de él, y volviéndose a la multitud que le seguía, dijo: ‘Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe’. La humildad es la primera condición para creer, para acercarnos a Cristo. San Agustín, al comentar este pasaje, asegura que fue la humildad la puerta por donde el Señor entró a posesionarse del que ya poseía (Sermón 46, 12).

II. Meditemos hoy cómo es nuestra fe y pidamos a Jesús que nos otorgue la gracia de crecer en ella, día a día. San Agustín enseñaba que tener fe es: creer a Dios que sale a nuestro encuentro y se da a conocer (Sermón 144); creer todo lo que Dios dice y revela; y, por último, creer en Dios, amándole, confiar sin medida en Él. Progresar en la fe es crecer en estas facetas. La primera, que reside en el afán de conocer mejor a Dios, se concretará en la fidelidad a la verdad revelada por Dios, proclamada por la Iglesia, predicada y protegida por su Magisterio. Creer a Dios nos lleva a verle muy cerca de nuestro vivir diario, a tratarle diariamente en diálogo amoroso en la oración y en medio del trabajo, de alegrías y tristezas. Creer en Dios es la coronación y gozo de los otros dos: Es el amor que lleva consigo la fe verdadera.

III. La fe verdadera nos une a Cristo y nos da una seguridad que está por encima de toda circunstancia humana. Pero para tener esa fe necesitamos la fe del Centurión: sabernos nada ante Jesús; no desconfiar jamás de su auxilio, aunque alguna vez tarde en llegar o venga de distinto modo a como esperábamos. San Agustín afirmaba que todos los dones de Dios pueden reducirse a éste: ‘Recibir la fe y perseverar en ella hasta el último instante de la vida’ (Sobre el don de la perseverancia). En Nuestra Madre encontramos esa unión profunda entre fe y humildad. Pidámosle que nos enseñe a crecer en ellas.

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