Jueves 19 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

La escena refleja muy bien la divina pedagogía de Jesús y está tejida en torno a dos ideas: la divinidad de Jesús y la relación entre el perdón y el amor. «El Señor amó no el ungüento, sino el cariño; agradeció la fe, alabó la humildad. Y tú también, si deseas la gracia, aumenta tu amor; derrama sobre el cuerpo de Jesús tu fe en la Resurrección, el perfume de la Iglesia santa y el ungüento de la caridad fraterna» (S. Ambrosio, Exp. Ev. sec. Lc. in loc.).

Meditación

Recibir bien a Jesús

I. Un fariseo rico, Simón, invita a Jesús a comer, y olvida darle las atenciones tradicionales de hospitalidad (Lc 7, 36-50). El Señor sí es consciente de esos olvidos de Simón, las echa de menos, como echó en falta el agradecimiento de aquellos leprosos que después de curados ya no volvieron más. La tosquedad del anfitrión se pone particularmente de manifiesto en contraste con las delicadezas de una pecadora pública que irrumpe en el banquete para expresarle al Señor su arrepentimiento y amor: llevó un vaso de alabastro con perfume, se situó detrás, a los pies de Jesús, se puso a bañarlos con sus lágrimas y los ungía con perfume. Ante los juicios negativos de los comensales para con la mujer, Jesús le da la recompensa más grande que puede recibir un alma: Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho.

II. Cuando se trata de padecer por la salvación de las almas, el Señor no pone límites a sus sufrimientos; sin embargo, extraña la cortesía en el trato y las manifestaciones de cariño de parte de Simón, y le dice: entré en tu casa y no me has dado agua con que lavar mis pies. ¿No tendrá que reprocharnos hoy algo por el modo como le recibimos? Te adoro con devoción, Dios escondido (Himno Adoro te devote), le diremos cuando viene a nuestro corazón y procuraremos hacerle un recibimiento lleno de delicadezas de manera que nunca tenga qué reprocharnos nuestra falta de amor. “Hemos de recibir al Señor, en la Eucaristía, como a los grandes de la tierra, ¡mejor!: con adornos, luces, trajes nuevos… Limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma” (S. Josemaría Escrivá, Forja). III. “El rey ha de venir mañana a mi casa, ¿cómo le aparejaré posada?” exclama san Juan de Ávila en un sermón sobre la preparación para recibir al Señor en la Eucaristía (Sermón 2 para el III Domingo de Adviento, vol. II, p. 5,9). “Con amor viene, recíbelo con amor” (Ídem). El amor supone deseos de purificación –acudiendo a la Confesión sacramental–, y aspirando a estar el mayor tiempo con Él, sin precipitaciones. Junto a las disposiciones del alma, las del cuerpo: el ayuno que la Iglesia ha dispuesto, las posturas, el vestir, que nos llevan a presentarnos como dignos hijos al banquete que el Padre ha preparado con tanto amor. ¡Es el acontecimiento más grande del día y de la vida misma! Nuestra Señora nos enseñará a recibir a su Hijo. Ninguna criatura ha sabido tratarle mejor.

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