Domingo 22 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

La parábola del administrador infiel puede desconcertarnos porque, a veces, entendemos las parábolas, que quieren resaltar una enseñanza, como alegorías en las que cada elemento o cada personaje tienen un significado. El Señor da por supuesta la inmoralidad de la actuación del administrador; pero quiere enseñar a sus discípulos que deben servirse de la sagacidad y el ingenio para la extensión del Reino de Dios: «¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. –Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aún niños: todos igual. –Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado» (S. Josemaría Escrivá, Camino 317).

Meditación

Los hijos de la luz

I. El Evangelio de la Misa (Lc 16, 1-13) nos habla de la habilidad de un administrador que es llamado a cuentas por el amo, acusado de malversar su hacienda. Jesús, a propósito de esta sagacidad, añadió con tristeza: los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz. No alaba el Señor la inmoralidad del intendente que se prepara, en el poco tiempo que le queda antes de que lo despidan, unos amigos que luego lo reciban y ayuden, sino que alabó la capacidad de resolver una situación difícil. No es raro ver el esfuerzo y los incontables sacrificios que muchos hacen para obtener más dinero, poder, o subir en la escala social. Pues el mismo empeño hemos de poner los cristianos en servir a Dios, multiplicando los medios humanos para hacerlos rendir a favor de los más necesitados.

II. Ningún ideal es comparable al de servir a Cristo, utilizando los talentos recibidos como medios para un fin que sobrevive más allá de este mundo que pasa. No tenemos más que un solo Señor, y a Él hemos de encaminar, sin excepción, los actos de la vida: el trabajo, los negocios, el descanso. Para ser un administrador de los talentos que ha recibido, de la hacienda de la que debe dar cuenta a su Señor, el cristiano ha de dirigir sus acciones a promover el bien común, encontrando las soluciones adecuadas, con ingenio, con interés, con profesionalidad, sacando adelante empresas y obras buenas en servicio de los demás, teniendo la seguridad de que su quehacer vale más la pena que el negocio más atrayente. “Ya lo dijo el Maestro: ¡ojalá los hijos de la luz pongamos, en hacer el bien, por lo menos el mismo empeño y la obstinación con que se dedican a sus acciones, los hijos de las tinieblas! No te quejes: ¡trabaja, en cambio, para ahogar el mal en abundancia de bien!” (S. Josemaría Escrivá, Forja). III. Aunque es la gracia la que cambia los corazones, el Señor quiere que utilicemos medios humanos en el apostolado, y los procedimientos lícitos que estén a nuestro alcance. Enseña Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica) que sería tentar a Dios no hacer lo que podemos y esperarlo todo de Él. No somos instrumentos inertes. Los hijos de la luz han de poner también –junto a los medios sobrenaturales– su interés, su capacidad humana, su ingenio, su afán… al conquistar un alma para Cristo. Jesús mismo, para realizar su misión divina, quiso servirse muchas veces, de medios terrenos: unos cuantos panes y peces, un poco de barro… Pidamos al Señor, que apoyados en su gracia, tengamos la audacia del administrador infiel, en nuestra misión apostólica.

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