Martes 24 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

Estas palabras ponen de relieve la necesidad de acoger la palabra de Dios y de cumplir su voluntad. Nuestra Señora está unida de modo totalmente singular a Jesucristo por su maternidad; y también por su perfecto cumplimiento de lo que Dios le pidió.

Meditación

El silencio de María

I. Aunque nos gustaría saber más de la vida en la tierra de Nuestra Madre del cielo por los Evangelios, Dios nos da a conocer todo lo necesario, tanto durante su vida en la tierra, como ahora, veinte siglos, a través del Magisterio de la Iglesia cuando, con la asistencia del Espíritu Santo, desarrolla y explicita los datos revelados. La Virgen no comunica nada a su prima Isabel después de la Anunciación, sin embargo ésta penetra en el misterio de la Encarnación por revelación divina. Nuestra Señora no manifestó el suceso a José, y un ángel le informó en sueños sobre la grandeza de la misión de la que ya era su esposa. En el Nacimiento de su Hijo guardó silencio, pero los pastores fueron informados por los ángeles. Nada dijeron María y José a Simeón y a Ana la profetisa, cuando, como un joven matrimonio más, subieron al Templo para presentar al Niño. Nada comentó a sus parientes y amigos. Se limitó a guardar estas cosas ponderándolas en su corazón (Lc 2, 51). María, Maestra de oración, nos enseña a descubrir a Dios, ¡tan cercano a nuestra vida!, en el silencio y en la paz de nuestro corazón.

II. El silencio es el clima que hace posible la profundidad del pensamiento; el mucho hablar disipa el corazón y éste pierde cuanto de valioso guarda en su interior (F. Suárez, La Virgen Nuestra Señora). El recogimiento de María es paralelo al de su discreción. La Virgen también guardó silencio durante los tres años de la vida pública de su Hijo. El entusiasmo de las multitudes, los milagros, no cambiaron su actitud. Jesús se dirige a nosotros de muchas maneras, pero sólo entenderemos su lenguaje en un clima habitual de recogimiento, de guarda de los sentidos, de oración, de paciente espera.

III. El silencio interior, el recogimiento que debe tener el cristiano es plenamente compatible con el trabajo, la actividad social y las prisas que muchas veces trae la vida. La misma vida humana, si no está dominada por la frivolidad, por la vanidad o por la sensualidad, tiene siempre una dimensión profunda, íntima, un cierto recogimiento que tiene su pleno sentido en Dios. Es ahí donde conocemos la verdad acerca de los acontecimientos y el valor de las cosas. En un mundo de tantos reclamos externos necesitamos ‘esta estima por el silencio’ (Pablo VI, Alocución en Nazaret). De la Virgen Nuestra Señora aprendemos a estimar cada día más ese silencio del corazón que no es vacío sino riqueza interior, y que, lejos de separarnos de los demás, nos acerca más a ellos, a sus inquietudes y necesidades.

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