Miércoles 25 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

En breves trazos el texto describe cómo los Apóstoles colaboran en la misión de Cristo y la continúan. Lucas ha ido describiendo el poder y la autoridad con que Jesús proclamaba el Evangelio y curaba a los enfermos; ahora descubre que esas mismas cualidades y esa misma misión se las dio el Señor a los Doce. Éstos la cumplieron y la transmitieron a la Iglesia: «Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los Apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto a que ella es ‘enviada’ al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. ‘La vocación Cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado’ (C. Vat. II, Apost. actuo. 2)» (Catecismo de la Iglesia Católica 863).

Meditación

Visitar a los enfermos

I. La Iglesia siempre ha insistido en la necesidad y en la urgencia de vivir las obras de misericordia, especialmente visitar y acompañar a quien padece una enfermedad, aliviándole en lo posible y ayudándole a santificar ese estado. Nos asemejamos a Cristo, hacemos mucho bien a los enfermos y a nosotros mismos. Los Evangelios no se cansan de ponderar el amor y la misericordia de Jesús con los dolientes y sus constantes curaciones de enfermos. San Pedro compendia la vida de Jesús en Palestina con estas palabras: Jesús el de Nazaret… pasó haciendo el bien y sanando… (Hch 10, 38). Nuestra Madre la Iglesia enseña que visitar a los enfermos es visitar a Cristo (Mt 25, 36-44). ¡Qué alegría tan grande oír de labios del Señor: ‘Ven bendito de mi Padre, porque estuve enfermo y me visitaste…’!

II. La misericordia del hombre es uno de los frutos de la caridad, y consiste en “cierta compasión de la miseria ajena, nacida en nuestro corazón, por la que –si podemos– nos vemos movido a socorrerla” (San Agustín, La Ciudad de Dios). Es propio de la misericordia volcarse sobre quien padece dolor o necesidad, y tomar sus dolores y apuros como cosa propia, para remediarlos en la medida que podamos. Cuando visitamos a un enfermo no estamos cumpliendo un deber de cortesía; por el contrario, hacemos nuestro su dolor… procuramos obrar como Cristo lo haría. ¡Cuánto bien podemos hacer siendo misericordiosos con el sufrimiento ajeno! ¡Cuántas gracias produce en nuestras almas! El Señor agranda nuestro corazón y nos hace entender la verdad de aquellas palabras del Señor: ‘Es mejor dar que recibir’ (San Agustín, Catena Aurea). Jesús es siempre buen pagador.

III. Afirma san Agustín que amando al prójimo limpiamos los ojos para poder ver a Dios (San Agustín, Comentario al Evangelio de san Juan). La mirada se hace más penetrante para percibir los bienes divinos. El egoísmo endurece el corazón, mientras que la caridad es ya un comienzo de la vida eterna (1 Jn 3, 14), y la vida eterna consistirá en un acto ininterrumpido de caridad (Santo Tomás, Suma Teológica). Hoy podemos hacer nuestra la oración que dirige al Señor la Liturgia de las Horas: Haz Señor que sepamos descubrirte a Ti en todos nuestros hermanos, sobre todo en los que sufren y en los pobres (Preces de Laudes). Muy cerca de los que sufren encontramos siempre a María. Ella dispone nuestro corazón para que nunca pasemos de largo ante una persona enferma, y ante quien padece necesidad en el alma o en el cuerpo.

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