Domingo 29 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

La parábola disipa dos errores: el de los que negaban la supervivencia del alma después de la muerte –y por tanto, el Juicio y la retribución ultraterrena– y el de los que interpretaban la propiedad material en esta vida como premio a la rectitud moral, y la adversidad, en cambio, como castigo. En el contexto en el que es recogida por el evangelio, esta parábola es el ejemplo más palmario de la doctrina sobre las riquezas expresada poco antes. Del rico Epulón no se dice que hiciera nada malo, simplemente que vestía muy bien y celebraba diariamente espléndidos banquetes; pero, al vivir sólo para eso, no puede ver al prójimo en Lázaro y es incapaz de oír la voz de Dios aun con manifestaciones extraordinarias. La parábola es así una invitación a la sobriedad de vida y a la solidaridad.

Meditación

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I. A lo largo de la liturgia de este domingo se pone de manifiesto cómo el excesivo afán de confort, de bienes materiales y lujo, lleva en la práctica al olvido de Dios y de los demás, y a la ruina espiritual y moral. El Evangelio de la Misa (Lc 16, 19-31) nos describe a un hombre que no supo sacar provecho de sus bienes. En vez de ganarse con ellos el Cielo, lo perdió para siempre. Se trata de un hombre que tiene gran abundancia y espléndidos banquetes y muy cerca de él, un mendigo, cubierto de llagas a quien ni siquiera le llegan las sobras de la mesa del rico. Este hombre rico vive a sus anchas en la abundancia; no está contra Dios ni tampoco oprime al pobre. Únicamente está ciego para ver a quien le necesita. Ha olvidado lo que el Señor nos recuerda con frecuencia: no somos dueños de los bienes, sino administradores. Pensemos que todos tenemos a nuestro alrededor gente necesitada como Lázaro, con quien debemos compartir no solamente nuestros bienes, sino también afecto, amistad, comprensión, cordialidad, y palabras de aliento.

II. Con el ejercicio que hagamos de los bienes que Dios ha depositado en nuestras manos estamos ganando o perdiendo la vida eterna. Éste es tiempo de merecer. No sin un hondo misterio, dirá el Señor: Es mejor dar que recibir (Hch 20, 25). Si somos generosos, y descubrimos en los demás a hijos de Dios que nos necesitan, somos felices aquí en la tierra y más tarde en la vida eterna. La caridad es siempre realización del reino de Dios, y el único bagaje que sobrenadará en este mundo que pasa. Y hemos de estar atentos por si Lázaro está en nuestro propio hogar, en la oficina o en el taller donde trabajamos. Los cristianos hemos sido elegidos para ser levadura que transforme y santifique las realidades terrenas. Y al ver el afán que ponen tantos en las cosas materiales, tenemos que comprender que para ser fermento en medio del mundo hay que estar atentos para vivir el desprendimiento de lo que poseemos.

III. ‘La solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y sobrenatural’ (S. C. Para la doctrina de la fe, Instr. Libertatis conscientia, 89), que nos llevará en primer lugar a vivir personalmente la pobreza que Jesús declaró bienaventurada, aquella que ‘está hecha de desprendimiento, de confianza en Dios, de sobriedad y disposición a compartir con los demás, de sentido de justicia, de hambre del reino de los cielos, de disponibilidad a escuchar la palabra de Dios y a guardarla en el corazón’ (Idem, 66). Al terminar nuestra oración, deberemos examinar si nuestro desprendimiento es real, con consecuencias prácticas, si somos ejemplares por la sobriedad en el uso de los bienes. Pidámosle ayuda a Nuestra Madre.

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