Martes 1 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

«Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió»: Jesucristo corrige el deseo de venganza de sus discípulos, opuesto a la misión del Mesías que no ha venido a perder a los hombres sino a salvarlos (cfr Lc 19,10; Jn 12,47). De este modo los Apóstoles van aprendiendo que el celo por las cosas de Dios no debe ser áspero y violento.

«El Señor hace admirablemente todas las cosas (…). Actúa así con el fin de enseñarnos que la virtud perfecta no guarda ningún deseo de venganza, y que donde está presente la verdadera caridad no tiene lugar la ira y, en fin, que la debilidad no debe ser tratada con dureza, sino que debe ser ayudada. La indignación debe estar lejos de las almas santas y el deseo de venganza lejos de las almas grandes» (Expositio Evangelii sec. Lucam, in loc.).

Meditación

Camino de Jerusalén

I. Cuando en una ciudad de samaritanos no recibieron a Jesús porque daba la impresión de ir a Jerusalén (Lc 9, 52-56), los Apóstoles se enojaron profundamente. Santiago y Juan le propusieron a Jesús: ‘¿Quieres que mandemos que caiga fuego del cielo y los consuma?’ El Señor aprovecha la ocasión para enseñarles que es preciso querer a todos, comprender incluso a quienes no nos comprenden. Muchos pasajes del Evangelio nos señalan los defectos de los apóstoles aún sin limar, y cómo van calando en su corazón las palabras y el ejemplo del Maestro. Dios cuenta con el tiempo, y con las flaquezas y defectos de los discípulos de todas las épocas. Más tarde, san Juan escribirá: ‘El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es caridad’. Sin dejar de ser él, el Espíritu Santo fue transformando poco a poco su corazón. Para nosotros, que tenemos tantos defectos, es un estímulo lleno de esperanza ver a san Juan, quien por su humildad, llegó a la santidad.

II. Desde Pentecostés, el Espíritu Santo no ha cesado de actuar en el alma de los discípulos de Cristo de todas las épocas, para llevarlos a la santidad. Sus inspiraciones son a veces rápidas como el rayo; otras veces actúa directamente moviendo al bien, inspirando, sugiriendo; otras lo hacen a través de los consejos de la dirección espiritual, de un acontecimiento, de la actitud ejemplar de una persona, de la lectura de un libro bueno. San Juan no cambió en un instante. Ni siquiera después de las palabras de Jesús. Pero no se desanimó ante sus errores, puso empeño, permaneció junto al Maestro, y la gracia hizo el resto.

III. Nosotros no debemos desanimarnos por nuestros errores y flaquezas. Para combatir con eficacia en la vida interior, debemos conocer bien nuestro defecto dominante, el que en cada uno de nosotros tiende a prevalecer sobre los demás y, como consecuencia, se hace presente en la manera de opinar, de juzgar, de querer y de obrar (R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior): la vanidad, la pereza, la impaciencia, la falta de optimismo, la tendencia a juzgar mal… No subimos todos por el mismo camino hacia la santidad: unos han de fomentar sobre todo la fortaleza; otros la esperanza o la alegría. Debemos preguntarnos en donde tenemos puestos nuestros deseos, qué es lo que más nos preocupa, qué nos hace perder la paz o la alegría, y cuál tentación se presenta con más frecuencia. Nos ayudará sobremanera vivir el examen particular en un punto concreto. En María, encontraremos siempre la paz y el gozo, para caminar tomados de su mano hasta el Señor.