Miércoles 9 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

Jesús se retiraba con frecuencia para hacer oración. Esta práctica del Maestro suscita en los discípulos el deseo de aprender a orar. Jesús les enseña lo que Él mismo hace. En efecto, cuando el Señor hace oración, comienza con la palabra «¡Padre!»: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). No constituye realmente una excepción de esta norma la oración «Dios mío, Dios mío…» (Mt 27,46), que el Señor recita en la cruz, supuesto que se trata del Salmo veintidós, que es la oración final del justo perseguido. Se puede, por tanto, decir que lo primero que ha de tener la oración es la sencillez del hijo que habla con su Padre.

Meditación

Padre nuestro

I. Los discípulos le dijeron con toda sencillez a Jesús: ‘Señor, enséñanos a orar’ (Lc 11, 1-4). De Sus mismos labios aprendieron el Padrenuestro. Hay en estas peticiones “una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, y a la vez una profundidad tan grande, que se puede consumir una vida entera en meditar el sentido de cada una de ellas” (Juan Pablo II, Audiencia general). La primera palabra que pronunciamos, por expresa indicación del Señor, es ‘Abba’, Padre. El mismo Dios que trasciende absolutamente todo lo creado está muy próximo a nosotros, es un Padre estrechamente ligado a la existencia de sus hijos, débiles y con frecuencia ingratos, pero a quienes quiere tener con Él por toda la eternidad. Hemos nacido para el Cielo. “Cuando llamamos a Dios Padre nuestro tenemos que acordarnos que hemos de comportarnos como hijos de Dios” (San Cipriano, Tratado de la oración del Señor).

II. Cada vez que acudimos a nuestro Padre, nos dice: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo’ (Lc 15, 31). Ninguna de nuestras tristezas, de nuestras necesidades, le deja indiferente. Si tropezamos, Él está atento para sostenernos o levantarnos. Jesús nos enseñó a tratar a nuestro Padre Dios: esa conversación filial ha de ser personal, en el secreto de la casa (Mt 6, 5-6); discreta (Mt 6, 7-8); humilde, como la del publicano (Lc 18, 9-14); constante y sin desánimo, como la del amigo inoportuno (Lc 11, 5-8; 18, 1-8); debe estar penetrada de confianza en la bondad divina (Mc 11, 23), pues es un Padre conocedor de las necesidades de sus hijos, y nos da no sólo los bienes del alma sino también lo necesario para la vida material (Mt 7, 7-11). Padre mío…, enséñanos y enséñame a tratarte con confianza filial.

III. Tenemos derecho de llamar Padre a Dios si tratamos a los demás como hermanos, especialmente a aquellos con quien nos unen lazos más estrechos, con los que más nos relacionamos, con los más necesitados…, con todos. “No podéis llamar Padre nuestro al Dios de toda bondad –señala san Juan Crisóstomo–, si conserváis un corazón duro y poco humano, pues, en tal caso, ya no tenéis en vosotros la marca de bondad del Padre celestial” (Homilía sobre la puerta estrecha). La oración del cristiano, aunque es personal, nunca es aislada. Decimos Padre nuestro, e inmediatamente esta invocación crece y se amplifica en la Comunión de los Santos. Pidámosle a nuestra Madre que nos ensanche el corazón para que quepan todos nuestros hermanos.

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