Jueves 10 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

«¿Veis la eficacia de la oración cuando se hace en las debidas condiciones? ¿No convendréis conmigo en que, si no alcanzamos lo que pedimos a Dios, es porque no oramos con fe, con el corazón bastante puro, con una confianza bastante grande, o porque no perseveramos en la oración cual debiéramos? Jamás Dios ha denegado ni denegará nada a los que le piden sus gracias debidamente. La oración es el gran recurso que nos queda para salir del pecado, perseverar en la gracia, mover el corazón de Dios y atraer sobre nosotros toda suerte de bendiciones del cielo, ya para el alma, ya por lo que hace a nuestras necesidades temporales» (San Juan María Vianney, Sermones escogidos, Quinto domingo después de Pascua).

Meditación

El nombre de Dios y su reino

I. En la primera petición de las siete del Padrenuestro, Santificado sea tu nombre, “pedimos que Dios sea conocido, amado, honrado y servido de todo el mundo y de nosotros en particular” (Catecismo Mayor, 290). Por muy urgentes que sean nuestras necesidades, lo primero que debemos pedir es la gloria de Dios. ‘Ocúpate de Mí –decía Jesús a Santa Catalina de Siena–, y Yo me ocuparé de ti’. El Señor no nos dejará solos. En la Sagrada Escritura el nombre equivale a la persona misma, es su identidad más profunda. En determinados ambientes, parece que los hombres no quieren nombrar a Dios: lo llaman ‘la sabia naturaleza’ o ‘destino’. Nosotros, con naturalidad, debemos honrar a nuestro Padre y mantendremos los modos cristianos de hablar. Si amamos a Dios amaremos su santo nombre.

II. Venga a nosotros tu Reino, pedimos a continuación en el Padrenuestro. Esta expresión tiene un triple significado: el Reino de Dios en nosotros, que es la gracia; el Reino de Dios en la tierra, que es la Iglesia; y el Reino de Dios en el Cielo, o eterna bienaventuranza. Es un reinado, el de Jesús en el alma, que avanza o retrocede según correspondamos o rechacemos las continuas gracias y ayudas que recibimos, y se percibe en el alma a través de los afectos y mociones del Espíritu Santo. Ahora pedimos que seamos todo de Dios, que nos ayude a luchar eficazmente para que, por fin, desaparezcan esos obstáculos que cada uno de nosotros pone a la acción de la gracia divina. III. Cuando rezamos ‘venga a nosotros tu Reino’, también pedimos, con relación a la Iglesia, que se dilate y se propague por todo el mundo para la salvación de los hombres. Rogamos entonces por el apostolado que se realiza en toda la tierra, y nos sentimos comprometidos a poner los medios a nuestro alcance para la extensión del reino de Dios. Y “Jesucristo recuerda a todos: ‘et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum’ (Jn 12, 32), si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, todo lo atraeré hacia Mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa). Comencemos, como siempre, por lo pequeño, por lo que está a nuestro alcance en la convivencia normal de todos los días.

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