Domingo 20 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

En los primeros tiempos de la expansión de la Iglesia, estos hechos milagrosos que anuncia Jesús se cumplieron de modo frecuente y visible. Los testimonios históricos de estos sucesos son abundantísimos en el Nuevo Testamento (cfr, p. ej., Hch 3,1-11; 28,3-6) y en otros escritos cristianos antiguos. Era muy conveniente que así sucediera para mostrar al mundo de una manera palpable la verdad del cristianismo. Más tarde, se han seguido realizando milagros de este tipo, pero en menor número, como casos más bien excepcionales. También es conveniente que así sea porque, de un lado, la verdad del cristianismo está ya suficientemente atestiguada; y de otro, para dar lugar al mérito de la fe. «Los milagros –comenta San Jerónimo– fueron precisos al principio para confirmar con ellos la fe. Pero, una vez que la fe de la Iglesia está confirmada, los milagros no son necesarios» (Commentarium in Evangelium secundum Marcum, in loc.). De todos modos, Dios sigue obrando milagros a través de los santos de todos los tiempos, también de los actuales.

Meditación

El poder de la oración

I. En los textos bíblicos se nos habla mucho del poder que la oración perseverante y llena de fe tiene ante Dios. En el Evangelio de san Lucas (Lc 18, 1-8) encontramos que, antes de narrarnos la parábola de la viuda y del juez inicuo, nos indica el fin que Jesús se propone: Les propuso esta parábola para hacerles ver que conviene perseverar en la oración sin desfallecer. La oración debe ser una manifestación continua de fe y de confianza en Nuestro Padre Dios, aunque parezca que guarda silencio. Jesús ha de ser nuestro Modelo: Padre, ya sé que siempre me escuchas (Jn 11, 42). Él nos escucha siempre. No debemos cansarnos de orar. Y si alguna vez nos sucediera, hemos pedir a quienes nos rodean que nos ayuden a seguir rezando, sabiendo que ya en ese momento el Señor nos está concediendo otras muchas gracias, quizá más necesarias que los dones que le pedimos. Examinemos hoy si nuestra oración es perseverante, confiada, insistente, sin cansarnos. Nada puede contra una oración perseverante.

II. En la parábola del juez inicuo y la viuda indefensa y desamparada, la razón por la que el juez termina por ceder, después de negarse muchas veces ante la solicitud de la viuda, es la petición insistente de la mujer. Nos hace ver que el centro de la parábola no lo ocupa el juez inicuo, sino Dios, lleno de misericordia, paciente y celoso con los suyos. La razón, que da el Señor en esta parábola, de que nuestra oración sea siempre oída, es triple: la bondad y misericordia de Dios; el amor de Dios por cada uno de sus hijos; y el interés que nosotros mostramos perseverando en la oración. Hemos de acudir a Dios como hijos necesitados, además de poner los medios humanos que cada situación requiera. Sólo la misericordia divina puede socorrernos de tantos bienes de los que carecemos. Cuenta el Santo Cura de Ars que el fundador de un asilo de huérfanos le consultó sobre la oportunidad de atraer la atención y favor de la gente a través de la prensa. El Santo respondió: “En vez de hacer ruido en los diarios, hazlo en el Sagrario” III. Una consecuencia directa de la fe es la oración, pero, a la vez, la oración presta mayor “firmeza a la misma fe” (San Agustín, De la ciudad de Dios). Ambas están perfectamente unidas. Por eso, todo lo que pedimos debe ayudarnos a ser mejores. Comprenderemos bien que cuando pedimos, lo que queremos en primer lugar no son esas cosas en sí mismas, sino al mismo Dios. El Santo Rosario es siempre una oración siempre eficaz para conseguir, a través de Nuestra Señora, todo aquello que necesitamos nosotros y aquellas personas que de alguna manera dependen de nosotros.

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