Sábado 26 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

«Y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante»: «Nos dice Él que, sin el santo bautismo, nadie entrará en el reino de los cielos; y en otra parte, que si no hacemos penitencia todos pereceremos. Todo se comprende fácilmente. Desde que el hombre pecó, sus sentidos todos se rebelaron contra la razón; por consiguiente, si queremos que la carne esté sometida al espíritu y a la razón, es necesario mortificarla; si queremos que el cuerpo no haga la guerra al alma, es preciso castigarle a él y a todos los sentidos; si queremos ir a Dios, es necesario mortificar el alma con todas sus potencias» (San Juan María Vianney, Sermones escogidos, Miércoles de ceniza).

Meditación

La higuera estéril

I. En el Evangelio de la Misa de hoy (Lc 13, 1-9) se habla de la higuera que año tras año no daba fruto a pesar de los cuidados que le prodigaba su dueño. La higuera representa a aquel que permanece improductivo (Jr 8, 13) de cara a Dios. El Señor nos ha colocado en el mejor lugar, donde podemos dar frutos según las propias condiciones y gracias recibidas, y hemos sido objeto de los mayores cuidados del más experto viñador desde el mismo momento de nuestra concepción: Nos dio un Ángel Custodio para que nos protegiera, la gracia inmensa del Bautismo, se nos dio Él mismo como alimento en la Sagrada Comunión, incontables gracias y favores del Espíritu Santo. Sin embargo es posible que el Señor encuentre en nuestra vida pocos frutos, y a pesar de todo, vuelve una y otra vez con nuevos cuidados: Es la paciencia de Dios (2 P 3, 9). El Señor no da nunca a nadie por perdido, confía en nosotros, aunque no siempre hayamos respondido a sus esperanzas.

II. Cada persona tiene una vocación particular, y toda vida que no responde a ese designio divino se pierde. El Señor espera correspondencia a tantos desvelos, a tantas gracias concedidas, aunque nunca podrá haber paridad entre lo que damos y lo que recibimos. Sin embargo, con la gracia sí que podemos ofrecerle cada día muchos frutos de amor: de caridad, de apostolado, de trabajo bien hecho. Examinemos en nuestra oración: si tuviéramos que presentarnos ahora delante de Dios, ¿nos encontraríamos alegres, con las manos llenas de frutos para ofrecer a nuestro Padre? Aprovechemos hoy para hacer propósitos firmes. “Dios nos concede quizá un año más para servirle. No pienses en cinco, ni en dos. Fíjate sólo en éste: en uno, en el que hemos comenzado…” (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios), en el que está por terminar.

III. Dios quiere de nosotros no apariencias de frutos, sino realidades que permanecerán más allá de este mundo: personas que hemos acercado a la Confesión, horas de trabajo terminadas con hondura profesional y rectitud de intención, pequeñas mortificaciones, vencimientos en el estado de ánimo, orden, alegría, pequeños servicios a los demás. También invoquemos la paciencia divina que el Señor ha tenido con nosotros, para otras personas que quizá, con una constancia de años, pretendemos que se acerquen a Jesús. Nuestra Madre nos alcanzará la gracia abundante que necesita nuestra alma para dar más frutos y la que precisan nuestros familiares y amigos para que aceleren el paso hacia su Hijo, que los espera.

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