Martes 29 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

El grano de mostaza y la levadura simbolizan la Iglesia que, reducida al principio a un grupo de discípulos, se fue extendiendo con la fuerza del Espíritu Santo hasta acoger en ella a todos los pueblos de la tierra. Ya en el siglo II Tertuliano afirmaba: «Somos de ayer y lo llenamos todo» (Apologeticum, XXXVII). El Señor «con la parábola del grano de mostaza les incita a la fe y les hace ver que la predicación del Evangelio se propagará a pesar de todo. Los más débiles, los más pequeños entre los hombres, eran los discípulos del Señor, pero como había en ellos una fuerza grande, ésta se desplegó por todo el mundo» (San Juan Crisóstomo, Hom. Sobre S. Mateo, 46). Por eso, el cristiano no debe desanimarse ante la pequeñez y debilidad con que aparecen las obras de su apostolado. Con la gracia de Dios y la fidelidad irán creciendo como el grano de mostaza a pesar de las dificultades.

Meditación

La manifestación de los hijos de Dios

I. En sentido amplio puede decirse que todas las criaturas, especialmente las espirituales, son hijas de Dios, aunque con una filiación muy imperfecta, pues su semejanza con el Creador no es, de ningún modo, identidad de naturaleza. Sin embargo, con el Bautismo se produjo en nuestra alma un nuevo nacimiento, una elevación sobrenatural, que nos hizo participar de la naturaleza divina. Esta elevación sobrenatural dio origen a una filiación divina inmensamente superior a la filiación humana propia de cada criatura. Las palabras que desde la eternidad aplica el Padre a su Unigénito, nos las apropia ahora a nosotros. A cada uno nos dice: Tú eres mi hijo; Yo te he engendrado hoy (Sal II, 7). Este hoy es nuestra vida terrena, pues Dios nos da cada día este nuevo ser.

II. Nuestra filiación es una participación de la plena filiación exclusiva y constitutiva de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es a partir de esta filiación como entramos en intimidad con la Trinidad Santa, es una verdadera participación de la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La filiación divina ha de estar presente en todos los momentos del día, pero se ha de poner especialmente de manifiesto si alguna vez sentimos con más fuerza la dureza de la vida. Nuestro Padre no puede enviarnos nada malo. Podemos decir: todo es para bien. “¡Señor, que otra vez y siempre se cumpla tu sapientísima Voluntad!” (S. Josemaría Escrivá, Via Crucis).

III. La filiación divina no es un aspecto más, entre otros, del ser cristianos: De algún modo abarca todos los demás. No es propiamente una virtud que tenga sus actos particulares, sino una condición permanente del bautizado que vive su vocación. Podemos decir que todos los dones y gracias nos han sido dados para constituirnos en hijos de Dios, en imitadores del Hijo hasta llegar a ser ¡otro Cristo, el mismo Cristo! Cada vez hemos de parecernos más a Él. Nuestra vida debe reflejar la suya. Considerar nuestra filiación divina en la oración nos llenará de paz, viviremos abandonados en las manos de Dios, y viviremos la fraternidad cristiana con los que nos rodean, quienes también son hijos de Dios. Nuestra Madre Santísima nos enseñará a saborear las palabras del Salmo II: Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy.

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