Miércoles 30 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

«Vendrán muchos del oriente y del poniente»: El pueblo judío, de modo general, se consideraba el único destinatario de las promesas mesiánicas hechas a los Profetas, pero Jesús declara la universalidad de la salvación. La única condición que exige es la respuesta libre del hombre a la llamada misericordiosa de Dios. Al morir Cristo en la Cruz, el velo del Templo se rasgó por medio, en señal de que acababa la división que separaba a judíos y gentiles. San Pablo enseña: «Él (Cristo) es nuestra paz; el que hizo de los dos pueblos uno solo y derribó el muro de la separación (…); de ese modo creó en sí mismo de los dos un hombre nuevo, estableciendo la paz, y reconciliando a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad» (Ef 2,14-16). En efecto, «todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo permaneciendo uno y único debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para cumplir así el designio de la voluntad de Dios, que en un principio creó una sola naturaleza humana y determinó luego congregar en un solo pueblo a sus hijos que estaban dispersos» (Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 13).

Meditación

Lo entenderás más tarde

I. “Lo que Yo hago no lo entiendes ahora…”, dice el Señor a Pedro. También a nosotros nos ocurre lo mismo que a Pedro: no comprendemos a veces los acontecimientos que el Señor permite: el dolor, la enfermedad, la ruina económica, la pérdida del puesto de trabajo, la muerte de un ser querido. Él tiene unos planes más altos, que abarcan esta vida y la felicidad eterna. Nuestra mente apenas alcanza lo más inmediato, una felicidad a corto plazo. Incluso nos ocurre que no entendemos muchos asuntos humanos que, sin embargo, aceptamos. ¿No nos vamos a fiar del Señor, de su Providencia amorosa? Ante los acontecimientos y sucesos que hacen padecer, nos saldrá del fondo del alma una oración sencilla, humilde, confiada: Señor, Tú sabes más, en Ti me abandono. Ya entenderé más tarde.

II. Todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios (Rm 8, 28). El sentido de la filiación divina nos lleva a descubrir que estamos en las manos de un Padre que conoce el pasado, el presente y el futuro, y que todo lo ordena para nuestro bien, aunque no sea el bien inmediato que quizá nosotros deseamos y queremos, porque no vemos más lejos. Esto nos lleva a vivir con serenidad y paz, incluso en medio de las mayores tribulaciones. Por eso seguiremos el consejo de san Pedro a los primeros fieles: Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros (1 P 5, 8). Por eso, en la medida en que nos sentimos hijos de Dios, la vida se convierte en una continua acción de gracias. Incluso detrás de lo que humanamente parece una catástrofe, el Espíritu Santo nos hace ver “una caricia de Dios que nos mueve a la gratitud. ¡Gracias, Señor!, le diremos al tener noticia de un acontecimiento que nos llena de pesar. Así reaccionaron los santos, y así hemos de aprender nosotros a comportarnos ante las desgracias de esta vida”.

II. El abandono y la confianza en Dios no nos llevan de ninguna manera a la pasividad, que en muchos casos sería negligencia, pereza o complicidad. Hemos de combatir el mal físico y el moral con los medios que están a nuestro alcance, sabiendo que ese esfuerzo, con muchos resultados o aparentemente con ninguno, es grato a Dios y origen de muchos frutos sobrenaturales y humanos. Apliquemos en cada caso lo que esté de nuestra parte, y después, todo será para bien.

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