Sábado 2 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

«Toda aquella tierra se quedó en tinieblas»: El Evangelista presenta este dato como un fenómeno milagroso, que señala la magnitud del deicidio que se está cometiendo. La expresión «toda la tierra» significa todo el horizonte inmediato, sin precisar con detalle sus fronteras. La interpretación común del significado de este suceso es doble y complementaria. Orígenes entiende que es manifestación de la oscuridad espiritual que sobrevendría al pueblo judío en castigo por haber rechazado –crucificado– al que es la luz verdadera. San Jerónimo explica que las tinieblas expresan más bien el luto del universo por su Creador, la protesta de la naturaleza contra la muerte injusta de su Señor (cfr. Rm 8,19-22).

Meditación

Conmemoración de todos los fieles difuntos

I. En el mes de noviembre la Iglesia nos invita a rezar y ofrecer sufragios por las almas de los fieles difuntos que se encuentran en el Purgatorio. Con estos hermanos nuestros, que “también han sido partícipes de la fragilidad propia de todo ser humano, sentimos el deber que es a la vez una necesidad del corazón de ofrecerles la ayuda afectuosa de nuestra oración, a fin de que cualquier eventual residuo de debilidad humana, que todavía pudiera retrasar su encuentro feliz con Dios, sea definitivamente borrado” (Juan Pablo II, En el cementerio de la Almudena, Madrid 2-XI-1982).

En el Cielo no puede entrar nada manchado, ni quien haga maldad y mentira, sino sólo los limpios señalados en el Apocalipsis como los “escritos en el libro de la vida” (Ap 21, 27), pero cualquiera puede entrar, porque Dios tiene una gran misericordia y permanece con los brazos abiertos para admitirnos en su gloria. Como el ser de Dios es puro y perfecto, si un alma tiene el menor rastro de imperfección, y sabiendo que el Purgatorio ha sido decretado para borrar tales manchas, se mete en él y considera un gran regalo que se le permita de esta forma quedar limpia. El mayor sufrimiento de esas almas es el de haber pecado contra la bondad divina y el no haber purificado el alma en esta vida como escribe S. Catalina de Génova.

El Purgatorio no es un infierno menor, sino la anticipo del Cielo, ahí el alma se purifica y esclarece y, si no ha expiado en la tierra, en este estado ha de limpiar sus pecados veniales, que tanto retrasan la unión con Dios como las faltas de amor con Nuestro Redentor y con el prójimo; también el alma tiene que purificarse de la inclinación al pecado, fruto de la primera caída y aumentada por los pecados personales. Además, como todos los pecados y faltas ya perdonados cada vez que se acudió a la Confesión, dejan en el alma una deuda insatisfecha y un equilibrio roto, este ha de ser restaurado en esta vida o en la otra. También es posible que las tendencias que originaron los pecados ya perdonados sigan enraizadas en el alma a la hora de la muerte, si no fueron eliminadas por una purificación constante en esta vida. Al morir, el alma las percibe con absoluta claridad, y tendrá, un anhelo inmenso de librarse de estas malas disposiciones por el deseo de estar con Dios. El Purgatorio se presenta pues, en ese instante, como la oportunidad única para conseguir esta purificación, y en el alma se experimenta un dolor y sufrimiento intensísimos: un fuego “más doloroso que cualquier cosa que un hombre pueda padecer en esta vida” (S. Agustín). Pero también existe mucha alegría, porque sabe que, en definitiva, ha ganado la batalla y le espera, en su momento, el encuentro con Dios.

II. La historia de los Macabeos, en el Antiguo Testamento, nos recuerda que Judas Macabeo, habiendo hecho una colecta, envió mil dracmas de plata a Jerusalén, para que se ofreciese un sacrificio por los pecados de los que habían muerto en la batalla, porque consideraba que a los que han muerto después de una vida piadosa les estaba reservada una gracia grande. Y añade la Biblia: “es, pues, muy santo y saludable rogar por los difuntos, para que se vean libres de sus pecados” (2 M 12, 43-44). La Iglesia siempre recomienda ofrecer sufragios y oraciones por los fieles difuntos. San Isidoro de Sevilla afirmaba que ofrecer sacrificios y oraciones por el descanso de los difuntos era una costumbre observada en toda la Iglesia. Por eso, asegura el Santo, se piensa que se trata de una costumbre enseñada por los mismos Apóstoles.

Por esta razón, la Santa Misa, que tiene un valor infinito, es el medio más importante que tenemos para ofrecer por las almas del Purgatorio; así lo enseña el Concilio de Trento. También podemos ofrecer por ellas las indulgencias que ganamos en la tierra (Pablo VI); aquí se incluyen oraciones como el Santo Rosario, el ofrecimiento del trabajo, el dolor, las contrariedades, etc. Estos sufragios son la mejor manera de manifestar nuestro amor a los que ya han muerto y esperan su encuentro con Dios. Especialmente tenemos que hacerlo por nuestros parientes y amigos, nuestros padres y todos los que nos lo pidan.

III. Las almas del Purgatorio, mientras se purifican, no adquieren mérito alguno, están sufriendo todos los horrores y, sin embargo, esto no les hace crecer en caridad, como hubiera sucedido en la tierra aceptando el dolor por amor a Dios. Pero no se quejan por ello, pues aunque tuvieran que permanecer en él hasta el final de los tiempos de buen grado se quedarían, tal es su deseo de purificación. Nosotros, además de aliviarlas y de acortarles el tiempo de su purificación, sí que podemos merecer y, por tanto, purificar con más prontitud y eficacia nuestras propias tendencias desordenadas. Por lo tanto, el dolor, la enfermedad y el sufrimiento son una oportunidad para desagraviar nuestras faltas y pecados si los ofrecemos a Dios, mientras esperamos contemplarlo en el Cielo. Con la penitencia el alma se rejuvenece y se dispone para la Vida con Dios. Mientras llega ese momento hay que estar alerta, a la escucha de aquellas llamadas que San Ignacio de Antioquía notaba en su alma, al acercarse la hora del martirio: “ven al Padre”, ven hacia tu Padre, que te espera ansioso.

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