Jueves 7 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

«Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo»: No es ésta la primera vez que publicanos y pecadores se acercan a Jesús. La predicación del Señor atraía por su sencillez y por sus exigencias de entrega y de amor. Los fariseos le tenían envidia porque la gente se iba tras Él. Esa actitud farisaica puede repetirse entre los cristianos: una dureza de juicio tal que no acepte que un pecador –aunque hayan sido enormes sus pecados– pueda convertirse y ser santo; o una ceguera de mente tal que impida reconocer el bien que hacen los demás y alegrarse de ello. Ya Nuestro Señor sale al paso de esta actitud errada cuando contesta a sus discípulos que se quejan de que otros arrojen demonios en su nombre: «No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí» (Mc 9,39). Igualmente san Pablo se alegraba de que otros anunciaran a Cristo, e incluso pasaba por alto que lo hicieran por interés, con tal de que Cristo fuese predicado (cfr. Fil 1,17-18).

Meditación

Amigo de los pecadores

I. En el Evangelio de la Misa leemos: Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Éste recibe a los pecadores y come con ellos (Lc 15, 1-10). La batalla de Jesús contra el pecado y sus raíces más profundas no le aleja del pecador. Muy al contrario, lo aproxima a los hombres, a cada hombre. Su vida es un constante acercamiento a quien necesita la salud del alma; hasta tal punto que sus enemigos le dieron el título de amigo de publicanos y pecadores (Mt 11, 18-19). Y Jesús les dice: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos (Mc 2, 17). Sentado entre estos hombres que parecen muy alejados de Dios, Jesús se nos muestra entrañablemente humano. No se aparta de ellos, sino que busca su trato. La oración de hoy nos debe llevar a aumentar nuestra confianza en Jesús cuanto mayores sean nuestras necesidades; especialmente si en alguna ocasión sentimos con más fuerza la propia flaqueza. Y pediremos con más confianza por aquellos que están alejados del Señor.

II. La vida de Jesús estuvo totalmente entregada a sus hermanos los hombres (Ga 2, 20), con un amor tan grande que llegará dar la vida por todos (Jn 13, 1). Cuanto más necesitados nos encontramos, más atenciones tiene con nosotros. Esta misericordia supera cualquier cálculo y medida humana. El Buen Pastor no da por definitivamente perdida a ninguna de sus ovejas. Con esta parábola, el Señor expresa su inmensa alegría ante la conversión de un pecador; un gozo divino que está por encima de toda lógica humana. Es la alegría de Dios cuando recomenzamos en nuestro camino, quizá después de pequeños o grandes fracasos. Existe también una alegría muy particular cuando hemos acercado a un amigo o a un pariente al sacramento del perdón, donde Jesucristo le esperaba con los brazos abiertos.

III. Jesucristo sale muchas veces a buscarnos. Jesús se acerca al pecador con respeto, con delicadeza. Sus palabras son siempre expresión de su amor por cada alma. Los cuidados y atenciones de la misericordia divina sobre el pecador arrepentido son abrumadores. Nos perdona y olvida para siempre nuestros pecados. Lo que era muerte se convierte en fuente de vida. Nos muestra el Señor el valor que para Él tiene una sola alma y los esfuerzos que hace para que no se pierda. Este interés es el que debemos tener para que los demás no se extravíen y, si están lejos de Dios, para que vuelvan. Pidámoselo a Nuestra Madre.

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