Sábado 9 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

«Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré »: El Templo de Jerusalén, que había sustituido al antiguo Santuario que los israelitas portaban en el desierto, era el lugar escogido por Dios durante el Antiguo Testamento para manifestar de una manera especial su presencia en medio del pueblo. Pero esa realidad antigua era sólo una figura o anticipo imperfecto de la realidad plena de la presencia de Dios entre los hombres, que es el Verbo de Dios hecho carne. Jesús, en el cual «habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9), es la plena presencia de Dios aquí en la tierra y, por tanto, el verdadero Templo de Dios. Jesús identifica el Templo de Jerusalén con su propio Cuerpo, y de este modo se refiere a una de las verdades más profundas sobre Sí mismo: la Encarnación. Después de la Ascensión del Señor a los Cielos esa presencia real y especialísima de Dios en medio de los hombres se continúa en el sacramento de la Sagrada Eucaristía.

Meditación

Dedicación de la basílica de Letrán

I. El pueblo de Israel celebraba cada año la fiesta de la Dedicación (Jn 10, 22) en recuerdo de la purificación y restablecimiento del culto en el Templo de Jerusalén después de la victoria de Judas Macabeo sobre el rey Antíoco (1 M 4, 36-59; 2 M 1, 1). Se llamaba también Fiesta de las luces, porque era costumbre encender lámparas, símbolo de la Ley, y ponerlas en las ventanas de las casas. Esta celebración fue recogida por la Iglesia para conmemorar la fecha en que los templos paganos fueron convertidos en lugares destinados al culto cristiano, por ello, “cada año se celebra en el conjunto del rito romano la dedicación de la Basílica de Letrán –consagrada por el Papa Silvestre el 9 de noviembre del año 324–, la más antigua y la primera en dignidad de las iglesias de occidente”. Además, “en cada diócesis se celebra la dedicación de la catedral, y cada iglesia conmemora el recuerdo de su propia dedicación” (A. G. Martimort, La Iglesia en oración, Herder, 3ª ed., Madrid 1987, pp. 991-992).

La fiesta que hoy celebramos tiene especial importancia, pues la Basílica de Letrán fue la primera iglesia bajo el título del Salvador, construida en Roma por el emperador Constantino. En la actualidad es la catedral del Romano Pontífice. En el Antiguo Testamento el templo fue visto como lugar de una particular presencia de Yahvé quien ya en el desierto se manifestaba en la Tienda del encuentro: allí hablaba Moisés con el Señor, como se habla con un amigo; la columna de nube signo de Su presencia descendía entonces y se detenía a la entrada de la Tienda (Ex 33, 7-11). Era el lugar donde se hacía presente su Nombre, su Ser infinito e inefable, para escuchar y atender a sus fieles. Cuando Salomón hubo construido el Templo de Jerusalén, en la fiesta de su dedicación pronunció estas palabras: “¿En verdad morará Dios sobre la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no son capaces de contenerte; ¡cuánto menos esta casa que yo he edificado! Pero, con todo, atiende a la plegaria de tu siervo, Yahvé, Dios mío, y oye la oración que hoy hace tu siervo ante Ti. Que estén abiertos tus ojos noche y día sobre este lugar, del que has dicho: ‘En él estará mi Nombre’; y oye, pues, la oración de tu siervo y la de tu pueblo, Israel; cuando oren en este lugar, óyela Tú también desde el lugar de tu morada de los cielos” (1 R 8, 27-30).

El templo es el lugar donde la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, elevar oraciones de petición y de alabanza a Dios y, principalmente, para celebrar los sagrados misterios de la Misa, y donde se guarda el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. También es imagen peculiar de la Iglesia edificada con piedras vivas; también el altar es signo de Cristo, sacerdote, hostia y altar de su mismo sacrificio (Cfr. Decreto 29-V-1977, en el que se publica el Ritual citado). Por ello, “¿qué respeto no deben inspirar nuestras iglesias, donde se ofrece el sacrificio del Cielo y de la tierra, la Sangre de un Dios hecho Hombre?” (Mt 18, 20). Vamos con la confianza de quien sabe bien que en el templo encuentra a Jesucristo, que dio la vida por amor a él. Sabiendo, también, que es el lugar donde encontramos a nuestros hermanos en la fe, la cual “no es una ideología política, ni un movimiento social, como tampoco un sistema económico; es la fe en Dios Amor, encarnado, muerto y resucitado en Jesucristo, el auténtico fundamento de esta esperanza que produjo frutos tan magníficos desde la primera evangelización hasta hoy” (Benedicto XVI, Misa de Inauguración de Aparecida).

II. En las iglesias encontramos a Jesús, pues donde dos o más se reúnen en su nombre, allí está Él en medio de ellos (Mc 6, 32); allí oímos su voz, lo encontramos real y sustancialmente presente en la Sagrada Eucaristía. Está presente con su Divinidad y con su Humanidad santísima, con su Cuerpo y con su Alma. Por ello nos ve y nos oye, y nos atiende como ayudaba a aquellos que llegaban, necesitados, de todas las ciudades y aldeas de Israel. A Jesús presente en el Sagrario podemos manifestarle nuestros deseos y preocupaciones, las dificultades, las debilidades, y los deseos de amarle cada día más. El mundo sería muy distinto si Jesús no se hubiera quedado con nosotros. ¿Cómo no vamos a amar nuestros templos y oratorios, donde Jesús nos espera? ¡Tantas alegrías hemos recibido junto al Sagrario! ¡Tantas penas que nos afligían las hemos dejado allí! ¡Muchas veces hemos vuelto a la vida diaria, fortalecidos y esperanzados! Tampoco podemos olvidar que en el templo se encuentra el altar sobre el que se renueva cada día el Sacrificio de valor infinito que el Señor realizó en el Calvario. Cada día, de estos lugares dedicados al culto y a la oración, llegan incontables gracias de la misericordia divina.

¿Somos siempre conscientes de que Jesús está aquí en los templos y que necesita de nuestras atenciones? Por esto, al entrar en una iglesia, hemos de dirigirnos a saludar a Jesús en el Sagrario, comportarnos como corresponde a un lugar donde Dios habita de una manera particular, hacer de las genuflexiones ante Jesús Sacramentado un verdadero acto de fe y de amor; y, sobre todo, alegrarnos siempre que pasamos cerca de un templo, donde Cristo se halla realmente presente.

III. En el Nuevo Testamento, el verdadero templo ya no está construido por manos humanas: es la santa Humanidad de Jesús la que en adelante es el Templo de Dios por excelencia. Él mismo había dicho: Destruid este Templo y en tres días lo levantaré. Y explica el Evangelista Juan: Él hablaba del Templo de su Cuerpo (Jn 2, 20-21). Y si el Cuerpo físico de Jesús es el nuevo Templo de Dios, también lo es la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, en el que el mismo Jesucristo es la piedra angular, sobre la que está cimentada la nueva edificación. “Rechazado, desechado, dejado a un lado, dado por muerto entonces como ahora, el Padre lo hizo y lo hace siempre la base sólida e inconmovible de la nueva construcción. Y lo hace tal por su resurrección gloriosa (…). El nuevo templo, Cuerpo de Cristo, espiritual, invisible, está construido por los bautizados y se sostiene sobre la piedra viva angular, Cristo, en la medida en que a Él se adhieren y en Él crecen hasta la plenitud de Cristo” (Juan Pablo II). En este templo y por él, morada de Dios en el Espíritu, Él es glorificado, en virtud del sacerdocio santo que ofrece sacrificios espirituales (1 P 2, 5). San Pablo lo recordaba frecuentemente a los primeros cristianos: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros? (1 Co 3, 16).

La Santísima Trinidad por medio de la gracia de Dios inhabita en el alma justa como en un templo, de un modo íntimo y singular. Tenemos por ello que ser conscientes de la importancia que tiene vivir en gracia de Dios, y el profundo horror que hemos de tener al pecado, “que destruye el templo de Dios”, privando al alma de la gracia y de la amistad divinas. Mediante esta inhabitación, podemos gozar de un anticipo de lo que será la visión beatífica en el Cielo, ya que “esta admirable unión sólo en la condición y estado se diferencia de aquella en que Dios llena a los bienaventurados beatificándolos” (León XIII, Enc. Divinum illud munus, 9-V-1897, 10). La presencia de Dios en nuestra alma nos invita a tener una familiaridad personal y directa con él, al que en todo momento buscamos en el fondo.

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