Jueves 14 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

«El Reino de Dios ya está entre ustedes»: La presencia del Reino de Dios en cada alma se percibe a través de los afectos e inspiraciones que el Espíritu Santo comunica. Santa Teresita explica así su propia experiencia: «El Doctor de los doctores enseña sin grandes discursos. Nunca le oí hablar, pero sé que está en mí. En todos los instantes me guía y me inspira; pero precisamente en el momento oportuno es cuando descubro claridades desconocidas hasta entonces. Regularmente no brillan a mis ojos en las horas de oración, sino en medio de las ocupaciones del día» (Historia de un alma, cap. 8).

Meditación

Como ciudad amurallada

I. La Epístola a Filemón es una de las más breves, y la más entrañable que escribió San Pablo. El tono que emplea el Apóstol no es de mandato, aunque podría haberlo hecho dada su autoridad, sino de súplica humilde en nombre de la caridad. Le pide a Filemón que reciba de nuevo a Onésimo, su esclavo que se había fugado, y ahora regresaba convertido al cristianismo: si me tienes como hermano en la fe –le dice– acógelo como si fuera yo mismo. Y agrega con buen humor y afecto: Si en algo te perjudicó o te debe algo, cárgalo en mi cuenta. Nosotros hemos de aprender de aquellos primeros cristianos a vivir la caridad con hondura, muy especialmente con nuestros hermanos en la fe –éste debe ser nuestro primer apostolado– para que perseveren en ella, y con quienes se encuentran lejos de Cristo, para que a través de nuestro aprecio se acerquen a Él y le sigan.

II. El hermano ayudado por su hermano es fuerte como una ciudad amurallada, leemos en el Libro de los Proverbios. La fraternidad es la mejor defensa contra todos los enemigos, la caridad bien vivida nos hace fuertes y seguros como una plaza inexpugnable a todos los ataques. Llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo, exhorta San Pablo a los Gálatas (Ga 6, 2). Es responsabilidad de los cristianos estar siempre atentos ante el bien de los demás, especialmente de aquellos que, por diferentes razones, el Señor nos ha encomendado. No podemos permitir que nadie sienta la dureza de la soledad en momentos difíciles. La caridad es nuestra fortaleza. III. La caridad lleva consigo una serie de virtudes ajenas que son a la vez su apoyo y su defensa, y a través de las cuales se manifiesta: la lealtad, la gratitud, el respeto mutuo, la amistad, la deferencia, la afabilidad, la delicadeza en el trato, el buen humor, la serenidad, el optimismo. Los defectos contrarios suelen revelar ausencia de finura interior, de vida sobrenatural, de unión con Dios. San Juan nos dejó un programa de vida: en esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar la nuestra por nuestros hermanos (1 Jn 3, 16). Y el Señor nos dice por medio del Apóstol: en esto conocerán todos que sois mis discípulos: Si tenéis caridad unos para con otros (Jn 13, 34-35).

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