Domingo 17 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

Los discípulos, al oír que Jerusalén iba a ser destruida, preguntan cuál será la señal que anuncie este acontecimiento. Jesús contesta con una advertencia: «Cuídense de que no los engañen», es decir, no esperéis ningún aviso; no os dejéis llevar por falsos profetas, permaneced fieles a Mí. Esos falsos profetas se presentarán afirmando que son el Mesías, esto es lo que significa la expresión «yo soy». La respuesta del Señor se refiere en realidad a dos acontecimientos, que la mentalidad judía veía relacionados entre sí: la destrucción de la Ciudad Santa y el fin del mundo. Por eso hablará a continuación de ambos acontecimientos y dejará entrever que debe transcurrir un largo tiempo entre ellos; la destrucción del Templo y de Jerusalén es como un signo, un símbolo de las catástrofes que acompañarán el final del mundo.

Meditación

Trabajar mientras llega el Señor

I. En estos últimos domingos, la liturgia nos invita a meditar los novísimos del hombre, en su destino más allá de la muerte. La vida es muy corta y el encuentro con Jesús está cercano; un poco más tarde tendrá lugar su venida gloriosa y la resurrección de los cuerpos. Esto nos ayuda a estar desprendidos de los bienes que hemos de utilizar y a aprovechar el tiempo, pero de ninguna manera nos exime de estar metidos de lleno en nuestra propia profesión y en la entraña misma de la sociedad. Es más, con nuestros quehaceres terrenos, ayudados por la gracia, hemos de ganarnos el Cielo, trabajando con intensidad para dar gloria a Dios, atender a la propia familia y servir a la sociedad a la que pertenecemos. Sin un trabajo serio, hecho a conciencia, cara a Dios, adecuado a las normas morales que lo hacen bueno y recto, es muy difícil, quizá imposible, santificarse en medio del mundo. Veamos hoy en la oración si estamos trabajando de esa manera.

II. La posibilidad de trabajar es uno de los grandes bienes recibidos de Dios: “no es una secuela del pecado original, sino que se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos frutos para la vida eterna (Juan 4, 36)” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa). La ociosidad enseña muchas maldades (J.L. Illanes, La santificación del trabajo) pues impide la propia perfección humana y sobrenatural del hombre, debilita su carácter y abre las puertas a la concupiscencia y a muchas tentaciones. En cambio, el trabajo es un lugar privilegiado para el desarrollo de las virtudes humanas: la reciedumbre, la constancia, la tenacidad, el espíritu de solidaridad, el orden, el optimismo por encima de las dificultades… El trabajo será, además, el medio para acercar muchas almas a Cristo, si en él procuramos cada día encontrar al Señor y ejercer la caridad cultivando las virtudes de la convivencia. III. El trabajo es camino hacia el Señor porque nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. El trabajo es así oración y acción de gracias; es medio de santificación y fuente de gracia para toda la Iglesia. Trabajando así se nos presentarán innumerables ocasiones para dar a conocer la doctrina de Cristo; nuestro Ángel Custodio nos pondrá en la boca la palabra justa y oportuna. Así esperamos los cristianos la visita del Señor. San José, nuestro Padre y Señor, nos enseñará a santificar nuestro trabajo, pues él, enseñando a Jesús su propia profesión, “acercó el trabajo al misterio de la Redención” (Juan Pablo II, Redemptoris custos).

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