Viernes 22 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

«Mi casa será casa de oración»: Con este texto de Isaías (56,7) Jesús subraya la finalidad del Templo. El gesto del Señor enseña el respeto que merecía el Templo de Jerusalén. Cuánta mayor veneración merecen nuestros templos, donde Jesús mismo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía.

Meditación

Casa de oración

I. El Evangelio de la Misa (Lc 19, 45-48) nos muestra a Jesús santamente indignado al ver la situación en que se encontraba el Templo, de tal manera, que expulsó de allí a los que vendían y compraban animales para ser sacrificados porque se había convertido en un verdadero mercado de ganado, en lugar de un servicio para los peregrinos que venían de fuera. Jesús subraya la finalidad del Templo con un texto de Isaías bien conocido por todos (56, 7): Mi casa será casa de oración, pero vosotros habéis hecho de ella una cueva de ladrones. Quiso el Señor inculcar cuál debía ser el respeto y la compostura que se debía manifestar en el Templo por su carácter sagrado. Nuestro respeto y devoción deben ser profundos y delicados, puesto que en nuestras iglesias se celebra el sacrificio eucarístico, y Jesucristo, Dios y Hombre, está realmente presente en el Sagrario.

II. Mi casa será casa de oración. Con frecuencia asistimos a ceremonias de carácter político, académico o deportivo y advertimos enseguida que hay un protocolo y una cierta solemnidad que dan al acto una buena parte de su valor y de su ser. También entre las personas, el cariño se demuestra en pequeños detalles y atenciones. Es el rito sencillo que el hombre necesita para expresar lo más íntimo de su ser. El hombre, que no es sólo cuerpo ni sólo alma, necesita también manifestar su fe en actos externos y sensibles, que expresen bien lo que lleva en su corazón. Cuando se ve a alguien, por ejemplo, hincar con devoción la rodilla ante el Sagrario es fácil pensar: tiene fe y ama a su Dios. El Papa Juan Pablo II señala en este sentido la influencia que tuvo en él la piedad sencilla y sincera de su padre: “El mero hecho de verle arrodillarse –cuenta el Pontífice– tuvo una influencia decisiva en mis años de juventud”. Pensemos hoy si para nosotros el templo es el lugar donde damos culto a Dios, donde le encontramos con una presencia verdadera, real y substancial. Pensemos hoy si al llegar a la iglesia lo primero que hacemos es saludar al Señor, si somos puntuales para la Santa Misa, si hacemos con devoción la genuflexión, si nos vestimos con recato y decoro.

III. Hoy asistimos en muchos lugares a un ambiente de desacralización basado en una concepción atea de la persona. Vemos con asombro que, incluso entre personas cultas, crecen las prácticas adivinatorias, el culto desordenado y enfermizo a la estadística, a la planificación: la incredulidad por todas partes. Y es que, en lo íntimo de su conciencia, el hombre atisba la existencia de Alguien que rige el universo, y que no es alcanzable por la ciencia. “No tienen fe. –Pero tienen supersticiones” (S. Josemaría Escrivá, Camino). La Iglesia ha querido determinar muchos detalles y formas del culto, que son expresión del honor debido a Dios y de un verdadero amor. Todos los fieles, sacerdotes y laicos, hemos de ser “tan cuidadosos del culto y del honor divino, que puedan con razón llamarse celosos más que amantes… para que imiten al mismo Jesucristo, de quien son estas palabras: El celo de tu casa me consume (Juan 2, 17)” (Catecismo Romano, II, n. 27).

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