Lunes 25 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

«El Señor no mira –dice san Juan Crisóstomo– la cantidad que se le ofrece, sino el afecto con que se le ofrece. No está la limosna en dar poco de lo mucho que se tiene, sino en hacer lo que aquella viuda, que dio todo lo que tenía» (Hom. Sobre Heb, 1). Esta mujer nos enseña que podemos conmover el corazón de Dios al entregarle todo aquello que tenemos a nuestro alcance, que será siempre muy poco, aunque fuese nuestra misma vida.

Meditación

La viuda pobre

I. Hoy consideramos en el Evangelio (Lc 21, 1-4) cómo se conmovió el Señor cuando vio a la viuda pobre depositar dos monedas insignificantes para el sostenimiento del Templo: mientras los demás daban de lo que les sobraba, esta mujer dio todo lo que tenía para vivir. Haría la ofrenda con mucho amor, con una gran confianza en la Providencia divina, y Dios la recompensaría incluso en sus días aquí en la tierra. A nosotros nos enseña este pasaje a no tener miedo a ser generosos con Dios y con las buenas obras en servicio del Señor y de los demás, incluso sacrificar aquello que nos parece necesario para la vida. ¡Qué poco nos es realmente necesario! A Dios hemos de ofrecerle lo que somos y lo que tenemos, sin reservarnos ni siquiera una parte pequeña para nosotros. A Dios se le conquista con la última moneda. ¿Hay algo en nuestro corazón que no sea del Señor? ¿Qué nos pide Jesús ahora?

II. El Señor, a lo largo de su predicación, llama a quienes le siguen a ofrecerse a Dios Padre. Especialmente en la Santa Misa, el cristiano puede y debe ofrecerse juntamente con Cristo: Esta entrega se realiza cada día, ordinariamente en pequeños actos que van desde el esmero en ofrecer el día al comenzar la jornada, hasta las atenciones que requiere la convivencia con los demás; con el corazón siempre dispuesto a lo que el Señor quiera pedirnos, con una disposición de no negarle nada. Nuestra entrega ha de ser plena, sin condiciones, porque la media entrega acaba rompiendo la amistad con el Maestro. Sólo una generosidad plena nos permite seguir el ritmo de sus pasos. No temamos poner a disposición de Jesús todo lo que tenemos, no dudemos de darnos por entero. Le confesaremos rendidamente ¡Tú eres mi Dios y mi todo! III. El Señor nos ha prometido el ciento por uno en esta vida, y luego la vida eterna (Lc 18, 28-30). Él nos quiere felices también en esta vida: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya aquí en la tierra, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos. Esta alegría es un anticipo del Cielo. El tenerle cerca es ya la mejor retribución. Nuestras ofrendas a Dios, muchas veces de tan poca importancia aparente, llegarán mejor hasta el Señor si lo hacemos a través de Nuestra Madre. “Aquello poco que desees ofrecer –recomienda San Bernardo–, procura depositarlo en las manos graciosísimas de María, a fin de que sea ofrecido al Señor sin sufrir de Él repulsa” (Homilía en la Natividad de la Virgen María).

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