Miércoles 27 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

De las palabras de Jesús se deduce la obligación que tiene todo cristiano de estar dispuesto a perder la vida antes que ofender a Dios. Sólo quienes perseveren hasta el fin en la fidelidad al Señor alcanzarán la salvación. La exhortación a la perseverancia está consignada por los tres Sinópticos en este discurso y por San Mateo en otro lugar (Mt 10,22) y asimismo por san Pedro (1 P 5,9). Ello parece subrayar la importancia de esta advertencia de Nuestro Señor en la vida de todo cristiano.

Meditación

Pacientes en las dificultades

I. En los textos de la Misa de hoy, el Señor nos anuncia: ‘en el mundo tendréis grandes tribulaciones; pero tened confianza, Yo he vencido al mundo’. En este caminar en el que consiste la vida vamos a sufrir pruebas diversas, unas que parecen grandes, otras de poco relieve, en la cuales el alma debe salir fortalecida, con la ayuda de la gracia. Estas contradicciones vendrán de fuera, con ataques directos o velados, de quienes no comprenden la vocación cristiana… Pueden venir dificultades económicas, familiares… Pueden llegar la enfermedad, el desaliento, el cansancio… La paciencia es necesaria para perseverar, para estar alegres por encima de cualquier circunstancia; esto será posible porque tenemos la mirada puesta en Cristo, que nos alienta a seguir adelante, sin fijarnos demasiado en lo que querría quitarnos la paz. Sabemos que, en todas las situaciones, la victoria está de nuestra parte.

II. La paciencia es una virtud bien distinta de la mera pasividad ante el sufrimiento; no es un no reaccionar, ni un simple aguantarse: es parte de la virtud de la fortaleza, y lleva a aceptar con serenidad el dolor y las pruebas de la vida, grandes o pequeñas, como venidos del amor de Dios. Entonces identificamos nuestra voluntad con la del Señor, y eso nos permite mantener la fidelidad y la alegría en medio de las pruebas. Son diversos los campos en los que debemos ejercitar la paciencia. En primer lugar con nosotros mismos, puesto que es fácil desalentarse ante los propios defectos. Paciencia con quienes nos relacionamos, sobre todo si hemos de ayudarles en su formación o en su enfermedad: la caridad nos ayudará a ser pacientes. Y paciencia con aquellos acontecimientos que nos son contrarios porque ahí nos espera el Señor. III. Para el apostolado, la paciencia es absolutamente imprescindible. El Señor quiere que tengamos la calma del sembrador que echa la semilla sobre el terreno que ha preparado previamente y sigue los ritmos de las estaciones. El Señor nos da ejemplo de una paciencia indecible. La paciencia va de la mano de la humildad y de la caridad, y cuenta con las limitaciones propias y las de los demás. Las almas tienen sus ritmos de tiempo, su hora. La caridad a todo se acomoda, cree todo, todo lo espera y todo lo soporta, enseña San Pablo (1 Co 13, 7). Si tenemos paciencia, seremos fieles, salvaremos nuestra alma y también la de muchos que la Virgen pone constantemente en nuestro camino.

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