Jueves 28 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

La Tradición católica considera a Jerusalén como la figura de la Iglesia. De hecho la Iglesia triunfante es llamada en el Apocalipsis la Jerusalén celestial. Por eso, al aplicar este pasaje a la Iglesia, los sufrimientos de la Ciudad Santa pueden ser considerados como figura de las contradicciones que sobrevienen a la Iglesia peregrina a causa de los pecados de los hombres, pues «ella misma vive entre las criaturas que gimen con dolores de parto en espera de la manifestación de los hijos de Dios» (Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 48).

Meditación

Bendecid todos al Señor

I. Los Salmos responsoriales de estos días recogen el bellísimo Canto llamado de los tres jóvenes (Trium puerorum), utilizado en la Iglesia desde la antigüedad como himno de acción de gracias. Comienza el himno con una invitación a todas las criaturas a dirigirse a su Creador, y al final aparecen todos los hombres, llamados a cantar las alabanzas al Creador (B. Orchard y otros, Verbum Dei). Nuestra vida cristiana debe ser toda ella como un canto vibrante de alabanza, lleno de adoración, acciones de gracias y entrega amorosa. Por eso, en la acción de gracias de la Comunión, mientras que tenemos en nuestro corazón al Señor del Cielo y tierra, nos unimos a todo el universo en su pregón de agradecimiento al Creador.

II. La vida entera, pero especialmente los momentos después de haber comulgado, es un tiempo de alegría y de alabanza a Dios. Para dar gracias al Señor nos podemos unir interiormente a todas las criaturas que, cada una según su ser, manifiestan su gozo al Señor. Te adoro con devoción, Dios escondido (Himno Adoro te devote), le decimos a Jesús en la intimidad de nuestro corazón después de haber comulgado. En esos momentos hemos de frenar nuestras impaciencias y permanecer recogidos con Dios que nos visita. Las almas de todos los tiempos que han estado cerca de Dios han esperado con impaciencia ese momento inefable en el que tan próximos estamos de Él. Examinemos hoy con qué amor acudimos nosotros a la Santa Misa, donde tributamos a Dios la alabanza suprema, y con qué atención y esmero cuidamos de esos minutos que estamos con Él. Es una cortesía que no debemos descuidar jamás. III. En la Comunión, llega a nuestro corazón, el mismo Hijo del Hombre que vendrá glorioso al final de los tiempos; viene para fortalecernos y llenarnos de paz. Viene como el Amigo tanto tiempo esperado. Y hemos de recibirlo como lo hicieron sus más íntimos. Hemos de tratar bien a Jesús, que tanto desea visitarnos en nuestra pobre casa. “Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hace buen hospedaje” (Santa Teresa, Camino de perfección). Es una buena ocasión de unirnos a toda la Creación para alabar y dar gracias al Creador que, humilde, se queda sacramentalmente en nuestro corazón esos minutos. Cualquier esfuerzo que pongamos para recibirlo con amor y delicadeza será siempre largamente recompensado. Pidámosle a la Virgen que nos ayude a recibirlo como Ella lo recibió.

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