Sábado 30 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

Los cuatro discípulos conocían ya al Señor (Jn 1,35-42). El breve trato con Jesús debió de producirles una imperiosa atracción en sus almas. Cristo preparaba así la vocación de estos hombres. Ahora se trata ya de aquella vocación eficaz, que les movió a abandonar todas sus cosas para seguirle y ser sus discípulos. Por encima de los defectos humanos –que los Evangelio no disimulan– resalta, sin duda y de modo ejemplar, la generosidad y prontitud con que los Apóstoles correspondieron a la llamada divina.

Meditación

San Andrés, Apóstol

I. Andrés, junto a Juan, es el primero de los Apóstoles llamado por Jesús. En la multiplicación de los panes, es quien dice a Jesús que había un muchacho con unos panes y unos peces. Recordemos la historia de su encuentro relatada en el Evangelio. El Maestro ha comenzado su ministerio público y comienza también a llamar a los que estarán más cercanos a su Persona. Se encontraba Juan el Bautista con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: He aquí el Cordero de Dios (Jn 1, 37). Y los dos se fueron detrás del Señor. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: ¿Qué buscan? Ellos le dijeron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Les respondió: Vengan y verán. Durante aquel día Jesús les hablaría y quedaron ya para siempre unidos a su Persona. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos. Es en el trato personal con el Señor donde Andrés y Juan conocieron, por experiencia personal, aquello que con las solas palabras no hubieran entendido del todo (S. Tomás). Es en la oración personal, en la intimidad con Cristo, donde conocemos sus múltiples invitaciones y llamadas a seguirle más de cerca. Pero, ¿quién es Jesús?, nos preguntamos aún hoy, y podremos responder con nuestros Obispos en Aparecida (Nm. 102) que “Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne (cf. Jn 1, 14), verdadero Dios y verdadero hombre, prueba del amor de Dios a los hombres. Su vida es una entrega radical de sí mismo a favor de todas las personas, consumada definitivamente en su muerte y resurrección. Por ser el Cordero de Dios, Él es el salvador. Su pasión, muerte y resurrección posibilita la superación del pecado y la vida nueva para toda la humanidad. En Él, el Padre se hace presente, porque quien conoce al Hijo conoce al Padre (cf. Jn 14, 7)”. Él sigue presente en el mundo, con la misma realidad de hace veinte siglos, y busca colaboradores que le ayuden a salvar almas.

II. Dijo Andrés a su hermano Simón: ¡Hemos encontrado al Mesías! (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús. El encuentro con Jesús dejó a Andrés con el alma llena de felicidad y de gozo; una alegría nueva que era necesario comunicar enseguida. Parece como si no pudiera retener tanta dicha. Al primero que encontró fue a su hermano Pedro. Y comenta San Juan Crisóstomo que, después de haber estado con Jesús, después de haberle tratado durante aquel día, “no guardó para sí este tesoro, sino que se apresuró a acudir a su hermano, para hacerle partícipe de su dicha”. Nosotros tratamos con intimidad –¡cada uno sabe su historia!– a Cristo, que pasó cerca de nuestra vida: “como Andrés, también nosotros, por la gracia de Dios, hemos descubierto al Mesías y el significado de la esperanza que hay que trasmitir a nuestro pueblo” (Juan Pablo II). El Señor se vale con frecuencia de los lazos de la sangre, de la amistad… para llamar a otras almas a seguirle. Esos vínculos pueden abrir la puerta del corazón de nuestros parientes y amigos a Jesús, que a veces no puede entrar debido a los prejuicios, los miedos, la ignorancia, la reserva mental o la pereza. Cuando la amistad es verdadera no son necesarios grandes esfuerzos para hablar de Cristo: la confidencia surgirá como algo normal.

La amistad, con la gracia de Dios, es la forma natural y divina a un mismo tiempo para el apostolado hondo, capilar, hecho uno a uno. Muchos descubrirán por nuestras palabras llenas de esperanza y de alegría a Jesús cercano, como lo encontró Pedro, como quizá lo hallamos en otro tiempo nosotros. El Documento de Aparecida (Nm. 131), nos recuerda que “El llamamiento que hace Jesús, el Maestro, conlleva una gran novedad. En la antigüedad, los maestros invitaban a sus discípulos a vincularse con algo trascendente, y los maestros de la Ley les proponían la adhesión a la Ley de Moisés. Jesús invita a encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es la fuente de la vida (cf. Jn 15, 5-15) y sólo Él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68)”.

III. En el Evangelio de la Misa observamos la llamada definitiva, culminación de aquel primer encuentro con el Maestro. Andrés, como los demás Apóstoles, respondió al instante, con prontitud. San Gregorio Magno, al comentar esta llamada definitiva de Jesús y el desprendimiento de todo lo que poseían con que respondieron aquellos pescadores, enseña que el reino de los cielos ‘vale tanto cuanto tienes’ (S. Gregorio Magno). Ante Jesús que pasa no podemos reservarnos nada. Mucho dejaron Pedro y Andrés, “puesto que ambos dejaron los deseos de poseer” (S. Gregorio Magno). El Señor necesita corazones limpios y desprendidos. Y cada cristiano que sigue a Cristo ha de vivir, según su vocación, este espíritu de entrega. No puede haber algo en nuestra vida que no sea de Dios. Este desprendimiento nos permitirá acompañar a Jesús que siempre nos llama. Unas veces lo hace a una edad temprana, otras en la madurez, y también cuando ya falta un trayecto más corto para llegar hasta Él, como se desprende de aquella parábola de los obreros que fueron contratados a diversas horas del día (Mt 20, 1 ss). Cuenta la tradición que San Andrés murió alabando la cruz, pues le acercaba definitivamente a su Maestro: “Oh buena cruz, que has sido glorificada por causa de los miembros del Señor, cruz por largo tiempo deseada, ardientemente amada, buscada sin descanso y ofrecida a mis ardientes deseos (…), devuélveme a mi Maestro, para que por ti me reciba el que por ti me redimió” (Pasión de San Andrés).

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