Domingo 1 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

El Señor representa en pocos trazos la situación de despreocupación y de insensibilidad de los hombres frente a lo sobrenatural. Esto no es sólo de entonces ni de ahora: es de siempre. Parece más importante comer y beber, tomar mujer o marido: en realidad, obrando así, se olvida que lo más importante es la vida eterna. Al mismo tiempo el Señor predice: como fue en tiempo del diluvio, así será el final del mundo. La segunda venida del Hijo del Hombre se cumplirá en un momento inesperado, sorprendiendo a los hombres en lo que están haciendo, bueno o malo.

Meditación

Adviento: en la espera del Señor

I. La Iglesia desea que todos nosotros, sus hijos, en todos los momentos de nuestra vida tengamos la misma actitud de expectación que tuvieron los profetas del Antiguo Testamento, ante la venida del Mesías. Considera como una parte esencial de su misión hacer que sigamos mirando hacia el futuro, aun ahora que se cumplen dos mil años de aquella primera Navidad. Nos alienta a que caminemos con los pastores, en plena noche, vigilantes, dirigiendo nuestra mirada hacia aquella luz que sale de la gruta de Belén. Estad vigilantes, nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa. Despertad, nos repetirá San Pablo (Rm 13, 11). Porque también nosotros podemos olvidar lo fundamental de nuestra existencia. ‘Ven, Señor, no tardes’. Preparemos el camino para el Señor que llegará pronto; es el momento de apartar los obstáculos si no vemos con claridad la luz que procede de Belén, de Jesús.

II. Los verdaderos enemigos que luchan sin tregua para mantenernos alejados del Señor, están en el fondo de nuestra alma: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida. La concupiscencia de la carne es también, –además de la tendencia desordenada de los sentidos en general, el desorden de la sensualidad–, la comodidad, la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios. El otro enemigo, la concupiscencia de los ojos, es una avaricia de fondo, que nos lleva a valorar solamente lo que se puede tocar. La soberbia de la vida hace que la inteligencia humana se considere el centro del universo que se entusiasma de nuevo con el ‘seréis como dioses’ (Gn 3, 5) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios. Puesto que el Señor viene a nosotros, hemos de prepararnos con una Confesión llena de amor y de contrición.III. Estaremos alerta a la venida del Señor si cuidamos con esmero la oración personal, si no descuidamos las mortificaciones pequeñas, si hacemos un delicado examen de conciencia. Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo, porque está para venir y no tardará, leemos en las antífonas de la liturgia. Nuestra Señora espera con gran recogimiento el nacimiento de su Hijo. Junto a Ella nos será fácil disponer nuestra alma para la llegada del Señor.

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