Lunes 9 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

Dios quiso nacer de una madre virgen. Así lo había anunciado siglos antes por medio del profeta Isaías. Dios, «desde toda la eternidad, la eligió y señaló como Madre para que su Unigénito Hijo tomase carne y naciese de Ella en la plenitud dichosa de los tiempos; y en tal grado la amó por encima de todas las criaturas, que sólo en Ella se complació con señaladísima complacencia» (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus). Este privilegio de ser virgen y madre al mismo tiempo, concedido a Nuestra Señora, es un don divino, admirable y singular. Dios «tanto engrandeció a la Madre en la concepción y en el nacimiento del Hijo, que le dio fecundidad y la conservó en perpetua virginidad» (San Pío V, Catecismo para los Párrocos, según el decreto del Concilio de Trento, I, 4,8). Pablo VI nos recordaba nuevamente esta verdad de fe: «Creemos que la bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Pablo VI, Solemnis professio fidei, n. 14).

Aunque se han propuesto muchos significados del nombre de María, los autores de mayor relevancia parecen estar de acuerdo en que María significa ‘Señora’. Sin embargo, la riqueza que contiene el nombre de María no se agota con un solo significado.

Meditación

Inmaculada Concepción de Santa María Virgen

I. Todo cuanto hermoso y bello se puede decir de una criatura, se lo cantamos hoy a nuestra Madre del Cielo. María, desde el primer instante de su ser natural, quedó asociada a su Hijo en la Redención de la humanidad. La Trinidad Santa eligió a María para Madre del Hijo de Dios Hecho Hombre, y quiso que fuera unida con un solo vínculo indisoluble al nacimiento humano y terrenal del Verbo y a toda la obra de la Redención que Él llevaría a cabo. La Virgen Santísima recibió una plenitud de gracia mayor que la concedida a todos los ángeles y santos juntos. Ella es la que en la Iglesia ocupa después de Cristo el lugar más alto y cercano a nosotros (Concilio Vaticano II, Lumen gentium), modelo de todas las virtudes (Ibídem), a la que hemos de mirar para tratar de ser mejores. En Ella, purísima y resplandeciente, fijamos hoy nuestros ojos.

II. Por una gracia del todo singular, y en atención a los méritos de Cristo, Santa María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original, desde el primer instante de su concepción. Esta preservación del pecado en Nuestra Señora es, en primer lugar, plenitud de gracia; en Ella todo volvía a tener la perfecta armonía querida por Dios. Fue exenta de todo pecado actual, no tuvo ninguna imperfección –ni moral, ni natural–, no tuvo inclinación desordenada; no tenía pasiones descontroladas; no sufrió los efectos de la concupiscencia. Jamás estuvo sujeta al diablo en cosa alguna. Dios preparó a la que iba a ser la Madre de su Hijo con todo su Amor infinito. “¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo Omnipotente, Sapientísimo y el mismo Amor, su poder realizó todo su querer” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa).III. La Virgen Inmaculada será siempre el ideal que debemos imitar. Ella es modelo de santidad en la vida ordinaria, en lo corriente, sin llamar la atención, sabiendo pasar oculta. Para imitarla es necesario tratarla. Durante estos días de la Novena hemos procurado, con Ella, dar un paso hacia delante. Ya no la podemos dejar; sobre todo, porque Nuestra Madre no nos deja. ‘Me llamarán bienaventurada todas las generaciones’ (Lucas 2, 48). Cumpliendo esta profecía, millares de voces han cantado alabanzas a la Madre de Dios o le han pedido calladamente que mire con misericordia a esos hijos suyos necesitados. Es un clamor inmenso el que sale de esta humanidad dolida hacia la Madre de Dios. Un clamor que atrae la misericordia del Señor. El Espíritu Santo nos enseña que es más fácil llegar al Corazón del Señor a través de María. Conservemos celosamente ese tierno y confiado amor a la Virgen, como nos pide el Papa: “No lo dejéis nunca enfriar” (Juan Pablo II).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s